jueves, 10 de mayo de 2018

Yo no tengo la mejor mamá del mundo y eso también es digno de presumirse.




Todavía no nacía y tú ya me estabas protegiendo, me nutrías, me dabas calor y mucha seguridad con cada uno de tus actos. Y aunque estoy segura que, por fuera, morías de miedo, en tu interior no hacías más que fabricarme un edén en el que ninguna fruta estaba prohibida.
Hoy me cuentas, entre risas, las veces que te quedaste dormida alimentándome y terminé empapada de leche, lo desagradable que era cambiarme los pañales, lo tedioso que fue explicarme el por qué de las cosas, lo incómodo que era justificar mi comportamiento cuando molestaba a alguien más, lo molesto que fue leerme cada uno de los anuncios que encontraba por la calle cuando empezaba a aprender, lo triste de todas las veces que te grité y te dije que ya no te quería. Y entre bromas y reclamos descubro todo aquello en lo que fallaste, todos los errores que cometiste y que hoy nos traen hasta aquí. 
Descubro tus fortalezas, tus aprendizajes, tus experiencias y te conviertes en mi ejemplo más grande de resiliencia, y la mayor de las bendiciones aunque no crea en un dios.
No eres perfecta, y es gracias a ello  que sabes tanto y a la vez tan poco. Porque te construyes día con día y me transmites aquellas cosas que debo observar con más atención o a las cuales me tengo que alejar. 
No eres la mejor, ni la peor, ni la más, ni la menos. Eres tú. 
Eres tú adueñándote de ti, forjándote para tus hijos y haciéndonos tuyos a la vez. Y es que no eres la mejor ni la peor porque en el amor no existe eso, el amor solo es. Y tu amor por los demás no tiene comparación alguna. Porque me amas por lo que soy, me amas porque soy; a pesar de mis errores y caídas, de mis críticas negativas y mis arrebatos en ti contra. Tu amor por mí significa dicha, tranquilidad, calidez, oportunidades y no tengo qué pedirlo, tampoco merecerlo porque esa no es tu intención; y a pesar de ello lo agradezco, lo disfruto y lo reclamo como mío porque no hay nadie como tú. 


Y aunque podría escribirte una enciclopedia entera o qué la vida se me vaya hablando de ti y las cosas que me has enseñado prefiero caminar a tu lado, abrazarte y decirte que no quiero que seas mejor que nadie, que a pesar de todo yo siempre preferiré que simplemente seas tú.

domingo, 25 de febrero de 2018

Día 27.


Voy a empezar a escribirte como sólo sabemos hacerlo las personas rotas: Llena de preguntas a las que muy seguramente no les encontraré respuestas.
Hace veintisiete días que decidiste no estar. Y sin embargo han pasado veintisiete días en los que más te he llevado conmigo. Me gustaría saber cómo estás, qué cenaste hoy, si te va bien en la escuela, cuando irás a cortarte el cabello y cómo es que terminé fumando a escondidas en la cocina de mi casa a las cuatro de la mañana escribiendo esta maldita nota en el celular. Por qué no te siento respirar cerca de mi pecho con los pies enredados en los míos bajo la sábana. En qué momento pasé de buscar recetas para cocinarte a perder el apetito y obligarme a comer para no terminar mareada en el camino al trabajo. Cómo es que nuestro plan dominical de no hacer nada y pasarla en la cama escuchando un podcast se canceló de un día para otro. Me estoy mordiendo las manos para no escribirte, intenté borrar tu número para no llamarte y hasta me teñí el cabello para ya no verme al espejo y recordar qué es lo que te gustaba de mí. Pero es que nada de eso funciona. Porque cada palabra me recuerda a ti: recuerdo, abrazo, infierno, epifanía, caricia, futuro, deseo, sonrisa, azul, viaje, despedida, hogar, película, espíritu, pasado, cura, mariposa, dolor...
No hace falta que te diga que te extraño, que me dueles, que te necesito y que no hay día que pase en qué yo no recuerde algo bonito de ti. No hace falta que me humille y te pida perdón. No hace falta que finja fortaleza, conciencia, madurez ni serenidad. No hace falta que acepte mis errores y mucho menos que enfatice los tuyos. No hace falta que te piense, que te llore, que te cante desde lejos y pida a Dios por tu bienestar. Ni hace falta que deseé que te vaya bien y te quieran como mereces. Que encuentre alguien que me dé lo que necesito y mucho menos que crea que algún día te voy a dejar de sentir. Porque lo que a mí me falta eres tú. Y lo que tú buscas no soy yo.
Quiero saber cómo fue que se acabó, en qué momento dejé de importar y qué te da alguien más que yo no haya intentado. Si en mi cabeza aún es Año Nuevo y brindamos con deseos de bonanza para los dos, estamos abrazados en un concierto la canción de un pato que desafina, vamos corriendo por las avenidas empapados por la lluvia al salir del cine, estamos semidesnudos grabándonos diciendo lo que haremos en cinco años, vamos en el coche cantando canciones de Molotov, nos escondemos en las cabinas de un cibercafé para darnos besos de niños, nos rasguñamos la espalda hasta que llega el amanecer, cocinamos pozole a las seis de la mañana y damos vueltas en la rueda de un parque mientras contamos nuestros miedos. En mi memoria apareces con pizza y flores en mi puerta, te escribo un libro con veinte razones para amarte por tu filia al cine, aparece una taza con la cara del principito y pego globos de stormtroopers en tu recámara antes de que llegues. 
Te observo al filo de la butaca cuando comienza Whiplash y me abrazas fuerte cuando Tristeza está a punto de rendirse, le pongo 2 cucharadas de azúcar a tu café y me das de comer en la boca cuando estoy resfriada. En mis recuerdos aún es verano y te burlas porque me da miedo nadar, escogemos un disfraz divertido para utilizar en Halloween y cenamos pan de muerto como si fuese un ritual. Duermes abrazado a mis piernas, me lees un poema a mitad de la noche, cantas una canción cerquita de mi oído, me escribes una carta llena de faltas de ortografía, imprimes la imagen de un pug para que la vea cuando algún cliente me hace enojar, me desenredas el cabello durante una hora entera y me relatas con orgullo tus peores chistes. Y entonces estoy yo, a mitad de la guardia pegando fotografías en un intento de rollo de película antigua, con un pastel en forma de pepino rogando a Dios que el camión no vuelva a chocar, escogiendo unos zapatos que hagan juego con tu mirada, llevándote un café al trabajo antes de irme a clase, abrazándote fuerte cuando todo a tu alrededor parece colapsar, tomando tu mano y jurando que tus abuelos se pondrán bien, sintiéndome orgullosa porque aprobaste el examen y dándote mi fuerza entera para que la prueba médica no defina nuestro futuro. Y es que al final no importa cómo es que te vea, me vea o nos vea. Porque eso quedó atrás. Porque ya te fuiste. Porque no vas a volver. Porque me he quedado sola, en la cocina, fumando a escondidas a las cuatro de la mañana; escribiendo una estúpida nota con preguntas que no podré responder jamás.

jueves, 11 de enero de 2018

Aunque a veces duela mucho amar siempre vale la pena.

No podía dormir y me puse a pensar en ti.

Estos últimos días me he sentido extraña, no sé si sean las hormonas o qué pero me siento boba. Y es por ti. 
Tengo como que esa necesidad de estar pegada al teléfono todo el día hablando contigo y cuando lo hago me pongo triste porque quiero estar pegada a tu cuerpo todo el día. Y cuando lo estoy me pongo triste porque sé que no dormiremos juntos en la noche y estaré a las 2 de la mañana escribiéndote un mensaje que diga que me siento boba y qué es por ti.

Te amo.
En verdad no tienes idea de cuánto. Y a pesar del tiempo que llevamos juntos sigue siendo muy nuevo para mí. Se siente... raro. 
Es algo muy diferente a lo que tenia como concepto de “amar” a una persona y sigue siendo algo incómodo. Porque me haces sentir tan vulnerable y porque tus palabras, por más insignificantes que parezcan, me pueden lastimar tanto; aunque esa no sea su intención, inclusive aunque ni tú te des cuenta. Y eso es lo que me incomoda. O mejor dicho: eso es lo que me molesta.

Me gustaría poder salir a caminar y no querer llamarte para contarte que vi a un hombre con una corbata bonita, o a un bebé haciendo una mueca graciosa, o que me acerque a acariciar un pug y no intenté robarlo.
Que mi corazón no se apachurre cuando me dices que te tienes que ir o que simplemente no vendrás.
Ir a un café y pensar si ese sabor te gustaría o le agregarías más azúcar y menos leche. 
Pedir palomitas en el cine sin imaginar tu mueca de resignación porque la mitad son acarameladas y escucharte decir que quieres tu refresco “con poco hielo”.
Que cuando despierte en medio de la noche no seas tú a quien quiera abrazar y me diga que sólo fue una pesadilla. Que estás ahí para protegerme. Y sentirme como tal.

Me gustaría que no me dolieras tanto, que no me hicieras falta y que ya no tuviera tantas ganas de verte. Así ya no tendría que estar a las 2 de la mañana escribiendo porque no puedo dormir y me puse a pensar en ti.
Me gustarían tantas cosas que si las tuviera no sería tan feliz como lo he sido. No habría tenido tanto miedo pero sin ti no me hubiera arriesgado. No me habría caído pero no hubiera aprendido una lección. No me habría enojado, llorado y echo un berrinche pero tampoco me hubiera dado cuenta de que estaba equivocada. Y sobre todo no habría descubierto que aunque a veces duela mucho amar siempre vale la pena.