sábado, 30 de diciembre de 2017

Vamos a brindar un poquito.

"Con vivos, muertos, brindando juntos por un año más; un año menos que dolerse de esta herida y de esta luz."

Vamos a brindar un poquito por aquellas promesas que no cumplí, por los propósitos que olvidé, por las reglas que rompí y las veces que me lastimé. Por los besos que no di y las disculpas que no acepté. Por el castillo en la arena que no construí y las plantas que descuidé. Por el vuelo que no cogí y los brazos en que anidé. Por aquel comentario con el que te herí y las manos con las que te sané. Por aquellos amores que no conocí y todo el tiempo que te dediqué. Por aquella vez en que te mordí y esas en que desde mi mente te ahogué. Por las noches en que morí y aquellas en que te soñé. Por las heridas que tanto lamí  y las cartas que nunca redacté. Por las puertas que salí y las calles que no exploraré. Por las amistades que confundí y los compañeros que humillé. Por aquellas veces en que te aborrecí y todo el tiempo que te amaré.

"Con vivos, muertos, brindando juntos por un año más; un año menos que dolerse de esta herida y de esta luz."

Vamos a brindar un poquito, por lo que se fue, lo que no salió como esperaba y lo que no llegó; por lo que pasó, lo que me venció y quien me levantó. Por los problemas, los golpes, los fracasos, los errores, las molestias, los gritos, el dolor, las lágrimas, el estrés, la preocupación, las náuseas, los escalofríos, el miedo, los corazones rotos, el café frío, los días nublados, el insomnio, el orgullo, el coraje, las maldiciones, el odio, el rencor.

Vamos a brindar por los que siguen aquí, por el ahora, por el mañana, por la calma tras la tormenta, por la luz al final del túnel, por el orgasmo tras el clímax, por tus dedos entrelazados a los míos, por la niña que se aferra a su mantita, por la muerte anunciada, por la resignación tras una partida, por las plegarias elevadas al cielo, por las recuperaciones espontáneas, por los encuentros inesperados, las comidas improvisadas y las charlas sin límite de tiempo. Por las pruebas superadas, los exámenes acreditados y ese hormigueo en el estómago que queda tras reír a carcajadas. 


"Con vivos, muertos, brindando juntos por un año más; un año menos que dolerse de esta herida y de esta luz."

martes, 19 de septiembre de 2017

Porque vivir no significa estar en libertad.


Hoy desperté antes de lo acostumbrado por lo que me quedó un poquito más de tiempo para maquillarme a conciencia y acomodar mi cabello. Me puse un vestido que tiene un estampado de flores y lleva meses guardado en el armario a raíz de no encontrar el lugar “adecuado” para usarlo. Satisfecha me miré al espejo, me gustó mucho lo que vi; me gustó tanto que me lo tuve qué quitar.
Reviso mis cosas antes de salir y ajusto el largo de mi mochila hasta quedar a la altura de mi cadera, por si el camión al que me suba está lleno de personas. Bajo el volumen del celular y lo guardo en mi lapicera, cambio los billetes que cargo de la cartera a las libretas, los escondo entre las hojas y me felicito mentalmente por ser tan precavida.
Salgo de la casa y mientras voy caminando observo a los lados disimuladamente; me tenso un poco, hay un hombre parado en la esquina, al parecer también espera el camión. Volteo a mi alrededor y noto que no hay nadie cerca, trazo una ruta de escape por si llegara a pasar algo y guardo mi distancia con respecto a él. El señor se gira hacia mí y me saluda con un “¡Buenos días, Aby!”. Dejo salir todo el aire contenido y le devuelvo el saludo. Solo es mi vecino de al lado.
Subo al camión y comienza el dilema entre sentarme del lado del pasillo para descender más rápido o junto a la ventana para evitar los rozones en mi hombro; finalmente decido la orilla, por temor a que un hombre se siente junto a mí y no se quiera mover cuando necesite pasar. Poco después una mujer pide permiso y me recorro hacia la ventana para cederle mi lugar, nos detenemos frente a un semáforo en rojo y observo el interior de una zapatería.
Sale una mujer a paso acelerado, se nota que va muy enojada. Al parecer el empleado que la atendió se pasó de “servicial” y le acarició la pierna, deduzco esto a partir de las groserías que vocifera. “Vieja ridícula, ni que la hubieran violado”, murmuran entre ellos un par de hombres que van de pie en el pasillo del camión, los fulmino con la mirada. ¡Qué estupidez más grande! Ahora resulta que si no tocan mis genitales o me introducen el pene no cuenta como violación y pueden manosearme cuanto se les dé la gana.
Al subir al metro me cuelo entre los espacios mientras busco desesperada a aquel grupito de mujeres que, sin darnos cuenta, nos acomodamos cerca una de la otra para brindarnos protección. Esas somos nosotras, con el miedo y el hastío a la rutina de ser tocadas por desconocidos, esperando con ansias llegar a nuestro destino para no tener qué soportar la respiración enferma del hombre que va parado atrás.
El tipo de frente recorre con la mirada a una muchacha que lleva puesto un vestido azul, y dos señoras murmuran entre sí “Mira cómo se la come con la mirada”, “Sí, pero ella tiene la culpa por salir así a la calle”. ¿Ella tiene la culpa? ¡El vestido le llega por debajo de la rodilla y de ninguna manera acentúa su silueta! Y aunque fuera así, ¿qué tiene eso de malo? Ya imagino lo que hubiesen dicho de mí al ver el vestido de flores que me probé antes de salir y que tiene una abertura en la espalda.
Bajo del metro molesta, como de costumbre; ese tipo de situaciones son parte de mi día a día. Siento cómo los demás me observan mientras camino hacia la Facultad, escudriñan mi ropa, mis zapatos, mi cuerpo. No soy una mujer alta de piernas largas, tampoco soy copa C y mucho menos talla 0. No traigo puesta una minifalda o alguna blusa con escote. No soy un trozo de carne, no soy una modelo.
No soy una pintura para que observen con tanta atención. Tampoco soy un objeto que pueda ser juzgado así como así. No soy la única que lidia con esto a diario, y lo peor es que hay quienes enfrentan cosas peores.
Algunas gritan por las que no fueron escuchadas, exigen por las que no recibieron y lloran por las que ya no están. Ellas nos quieren vivas, yo nos quiero en libertad. Otras quieren igualdad y yo lo que necesito es respeto. Porque de nada sirve estar viva si camino con miedo. Si la ropa tiene que cubrirme toda la piel para que “no llame la atención”, si cuando es de noche llego agitada a casa por haber recorrido el camino corriendo con temor a que alguien se tope conmigo y se le ocurra usarme para satisfacer sus “necesidades”.
Porque si alguno de “mis amigos” se sobrepasa es mi culpa por haber salido con ellos y si me gritan cosas en la calle es a causa de mi forma de vestir. Porque si me golpean es por no hacerle caso a mi marido y en lugar de quedarme callada no accedía tener relaciones sexuales con él. Porque si me incomodan las miradas es que soy una paranoica y si cuando voy en transporte público alguien se pega a mi cuerpo es mi culpa por no tener dinero suficiente para irme en taxi. Y si me pagan la cena estoy obligada a agradecer con un beso, o si bailamos él puede bajar sus manos más allá de mi cintura y acariciarme todo lo que se le dé la gana.
Porque de nada me sirve estar viva si no soy libre.
Libre de salir a la calle en blusa de tirantes porque hace un calor infernal, libre de caminar por el parque sin miedo a que me sigan, de salir por la noche e irme a bailar sin estar preocupada por que alguien le haya puesto algo a mi bebida y termine inconsciente en un baño con los calzones en los tobillos.
Libre de usar tacones y un vestido de flores con una abertura en la espalda porque me hacen sentir bonita y que eso no signifique que estoy buscando una pareja. Libre de no querer volver a salir con el chavo que me invitó a cenar la semana pasada porque me beso aún y cuando le dije que no quería. Libre de decidir si vamos al cine o al motel y que no me tachen de “puta” por ello, que a la mitad de un acto sexual me arrepienta porque mi pareja no trae condón y yo no me quiero arriesgar. Libre de escribir lo que pienso sin ser juzgada como “ridícula”, “exagerada” o “feminazi”. Libre de ser exitosa en mi trabajo sin tener que haberme acostado con mi jefe para conseguir el puesto.
Porque vivir no significa estar en libertad. Porque ser mujer no debería darme miedo. Porque a mí no me basta con que estemos vivas, yo nos quiero con libertad.

miércoles, 28 de junio de 2017

Mis días terminan mejor cuando el atardecer se esconde atrás de tu cabello.

Llevas la espalda enjabonada y una gota de agua en la punta de la nariz, al borde del precipicio... como mis ganas cuando te apareces húmedo y fresco frente a mí.
Son tus ojos los que me desnudan y le ordenan lentamente a mis manos qué prenda retirar, es tu voz la que me hace entrar en calor y camino sonriente hacia la ducha. El agua está fría. mi piel caliente y tu saliva se evapora en mi cuello.

Tienes una galaxia en el borde de los labios, y tus besos son del color de una constelación.
Eres el satélite de mi cuerpo y giras alrededor de él, me envuelves entre tus piernas y haces de mis costillas un cráter para salir a pasear. Llevas el ritmo en la cadera y tu pélvis forma un infinito con cada ir y venir. Tus caricias se vuelven aire y las siento rozar cada vez más lento por mi piel.
Somos tú yo al borde del sofá, en medio de una noche sin estrellas y gemidos ahogados.
Soy yo con tu bandera metida hasta el centro. Eres tú exhalando éter, aferrándote a mi cintura para después llenarme el ombligo con tu vía láctea. Somos nosotros un par de cuerpos extraños llenos de energía cósmica en medio de un espacio interplanetario. Somos partículas subatómicas. Somos cometas. Somos una estrella fugaz. Somos el hito de nuestra propia existencia.

La obscuridad se torna color ámbar y descansas frente a mí, tan frágil que no me quedan más ganas que abrazarte. Me acaricias la lengua con la punta del dedo medio y yo saboreo mi propio sudor. Me acaricias los labios con el dorso de la mano y yo me vuelvo loca viendo el palpitar de cada una de tus venas. Me acaricias las mejillas con la tibieza de tu pecho, y haces de tus brazos mi refugio cuando llega la tormenta.
Me acaricias la nariz con la perfección de tus clavículas y la longitud del cuello. Me acaricias las pestañas con las arrugas que llevas en la frente. Me acaricias la cabeza y enredas los espirales de tu cabello con mi oreja. Me acaricias las plantas con la punta de tus pies y siento el rozar de mis muslos y tu rodilla. Me acaricias el pubis con una erección que me señala con firmeza.
Me acaricias, me acaricias lento y suave, me acaricias tanto que pierdo la noción hasta que noto que soy yo quien te ha acariciado en todo momento. Te acaricio, te acaricio y soy quien tiene ahora el control.

Mis días terminan mejor cuando el atardecer se esconde atrás de tu cabello.
Porque el calor quema pero no lo suficiente si se trata de dormir contigo, porque el sudor me sabe a vodka y tu lengua me refrescan hasta lo más hondo entre las piernas. Porque no soy Arabella y tú no eres mío. Porque te siento entrar y salir de mí, porque tus manos me moldean los senos tan fuerte que no hago más que gritar. Porque siento tus uñas rasguñando mi escápula t se me tensan las piernas con cada vaivén. Porque mi cabello se balancea sobre tu rostro y yo cierro los ojos, me siento llegar... te escucho llegar. Porque mis días terminan mejor cuando el atardecer se esconde atrás de tu cabello y nuestros cuerpos desnudos bajo una sábana.