sábado, 14 de diciembre de 2019

Mujer en construcción.

Asumirme como una “mujer feminista” va más allá de conocer a mujeres que han sido heridas, identificarme como víctima o empatizar con quienes han sufrido. Es levantar la voz por quienes temen hacerlo, luchar por aquellas a las que no se les ha hecho justicia, gritar por las que no van a regresar, defender a las que aún están sufriendo y abrazar a las que están agarrando fuerza para levantarse. Porque así como no importa el lugar, la ropa ni la edad para que una mujer sea maltratada, a mí no me importa que hayamos discutido alguna vez o que ni siquiera nos volteemos a ver cuando nos cruzamos en la calle; no importa si estás a favor o en contra del aborto, si crees que “no son formas” o te la pasas defendiendo a un hombre que te cela con la excusa de que es porque te quiere, porque si necesitas de alguien que te escuche estoy dispuesta a hacerlo, si quieres que alguien te acompañe haré lo posible para estar ahí, y si tienes miedo de hablar seré quien grite para que seas escuchada,
Y en plena conciencia de que pueda sonar hipócrita, absurdo y hasta utópico decir que me describo como una mujer feminista, declaro que me encuentro en construcción: porque día tras día lucho en contra de mis propios prejuicios y sigo aprendiendo de mis errores; porque soy consciente de haber llamado “puta”, “zorra” y “pendeja” a otras mujeres sin siquiera conocer un poquito de su historia; porque me reprendo cada que me da cuenta de que voy criticando la forma de vestir o maquillarse de otra; porque no he leído más de 10 libros que hablen sobre feminismo ni conozco la historia década por década, pero hago mi mayor esfuerzo por informarse cada vez más.
Soy una mujer en construcción, porque así como me duelen las heridas de las otras sé que yo también llegué a lastimarlas, a juzgarlas y a pasar por encima de sus sentimientos, pero poco a poco estoy aprendiendo a observar

Por pensar en "algunas cuantas".

Hace unos días me preguntaron que cuál era la razón por la que me asumía como una "mujer feminista" y, como era una charla de esas en las que sí vale la pena el diálogo, me puse a reflexionar acerca del tema. Y más allá de los datos obvios: 
(Durante los meses de enero a octubre 2019)
En México asesinan -al menos- a 8 mujeres cada día. Nuevo León se encuentra en el 3er lugar con más feminicidios dentro del país, justo por debajo de Veracruz y el Estado de México. Monterrey encabeza la lista de ciudades dentro del estado, superando a Culiacán y Juárez.
En cuanto a las llamadas de emergencia hacia las autoridades: Nuevo León se encuentra dentro de los 5 estados, dentro del país, donde más se agrede a las mujeres; es el primero con respecto a reportes de violencia y abuso sexual, de las cuales más de 20 mil están relacionadas con la pareja; y el segundo en cuanto a reportes de violación, detrás de la ciudad de México. Por mencionar "algunos cuantos".

Me puse a pensar en las mujeres que he conocido a lo largo de mi vida:
-Mi abuela, que tuvo que cargar con los gastos de sus tres hijos y un marido borracho que ni siquiera recordaba su nombre.
-Mi tía: que cumplió con las exigencias de un esposo golpeador hasta el día de su muerte, y que fue juzgada como “una puta” cuando decidió volver a estar con alguien más.
-Mi prima: que regresó meses después a su casa, llena de golpes y con las manos negras por tanto pelar nueces porque el hombre con el que se había casado la obligaba a “ganarse el pan” que comía.
-Mi mamá: que usaba ropa floja “para no andar enseñando de más”, que no podía bañarse ni ponerse perfume antes de salir a recogernos a la escuela porque “de seguro andaba de puta”, que peleaba con mi papá en las noches cuando éste llegaba de viaje y solo quería coger, que se moría de miedo cuando le lanzaba los platos a los pies porque había encontrado una piedrita en los frijoles, que tantas veces fue amenazada de muerte cuando dejamos de vivir con él; y que, actualmente, ni siquiera se atreve a salir con alguien más por el miedo a encontrarlo en la calle o algún otro lugar.
-Mis amigas: la china a la que le dolía tener sexo con su novio pero aún así lo hacía, el mismo que no la dejaba vernos porque leyó la conversación donde le decíamos que eso no estaba bien. La flaca que terminó casándose con el wey que le recomendó leer “100 datos para ser más inteligente”, que la forzó varias veces a tener sexo cuando llegaba borracho, que le lanzó todas sus cosas a la calle y no le quería dar a su hija, que la asfixió mientras le decía que “perdóname por tener tantas ganas de lastimarme” y después lo comparo con el hecho de que “él así se sentía -ahorcado- en su relación”, que la felicita por “ser feminista” y horas después la acusa de ser una “puta mentirosa” por contarle a su hermana y comenzar con los trámites del divorcio. La güera que vive caminando con miedo tras las amenazas de su exmarido, peleando una custodia cuando éste ni siquiera recuerda la fecha en que nacieron sus hijos. La chaparrita a la que su novio obligó a abortar porque “no estaba listo para formar una familia”, y que luego terminó engañándola con otra chava de su salón.
-Las esposas de mis tíos paternos: siempre señaladas cuando alguna llegaba a mencionar que les habían golpeado, que día tras día recibían insultos y gritos, que tuvieron tantos hijos y abortos conforme las ganas de sus maridos. A las que sus hijos tenían que defender a golpes contra sus padres, y a las que sus hijas denunciaban por violencia.
-Mis pacientes: las señoras que de un momento a otro se enteraban de que tenían una enfermedad de transmisión sexual, siendo que nunca tuvieron relaciones con alguien que no fuera su marido. Las niñas que murieron a causa de violaciones sexuales por sus papás, sus vecinos y hasta sus hermanos. Las chavitas con menos de 15 años que no iban a terminar la escuela porque se habían embarazado y su familia las obligaba a mantener al bebé. Las chiquitas con brazos fracturados porque sus padrastros las golpeaban. Las mujeres a las que habían acuchillado para robarles un celular que cuesta menos de 2 mil pesos.
-Mis compañeras de clase: a las que el maestro les tocaba la pierna en secundaria, o les hacían “halagos” acerca de lo bonitas que eran cuando ni siquiera habíamos cumplido 15 años. A quienes el maestro les pedía “favores” a cambio de pasarlas en la materia y que cuando se negaron terminaron directamente en 4ta oportunidad. A las que les dijeron que si sacaban malas calificaciones era porque la carrera de Medicina estaba hecha para personas inteligentes y las mujeres no lo eran. A quienes el maestro que estudió Filosofía y Letras les decía que no debían andar hablando sobre el feminismo porque solo quedaban como tontas, que las mujeres no deberíamos tener derecho a votar y que es nuestra culpa que nos violen, por no vestir faldas largas de “manera decente”.

Me puse a pensar, a recordar y abrazar espiritualmente a cada mujer que conozco y que sufrió algún tipo de violencia por el simple hecho de ser mujer; por considerársele débil, tonta o inferior; por tener ideas diferentes y no quererse casar o tener hijos, ni vestir faldas o estudiar belleza, por dejar que la inviten a comer y no tener sexo después, por arrepentirse cuando ya estaban desnudas en la cama; por no saber cocinar, por querer verse bonitas frente al espejo y no para quienes se sienten con la autoridad de gritarles en la calle; me puse a pensar en aquellas que ya están hartas de tanta impunidad y son señaladas como “extremistas”, “ridículas” y “exageradas”:

Porque después de años de terapia, de charlas, de investigar e informarme al respecto, entendí que todas las veces en que decía “no” debí ser respetada. Cuando voy en el transporte público y me rozan con la excusa de que “va muy lleno”, o la vez en que un tipo que iba a mi lado decidió que tenía el derecho de lamerme el brazo, y otro de enseñarme cómo se masturbaba. Cuando era niña y mi primo me encerraba en un clóset para tocarme bajo la blusa, o el otro que me obligaba a meterme bajo la cama para chuparle la lengua. La vez en que no quería tener sexo con mi novio pero tampoco quería pelear. Cuando confrontaba a mi papá y le exigía que dejara de gritar, cuando me pateó para quitarme las llaves “de su casa” y después se me echó encima porque tomé el teléfono para llamar a la policía. Cuando se enteró de que lo había denunciado y con amenazas me exigía que quitara la demanda. Cuando le dije que ni siquiera podía hacerse llamar “papá” y terminó describiéndome la forma en que se iba a vengar mientras hablábamos por teléfono.


Y es que más allá de recordar a las mujeres con las que me he topado en la vida, en mi familia, mis amigas y en mí, pienso en todas aquellas a las que no conozco, las que siguen durmiendo en la misma casa que su agresor, las que caminan con miedo a que las secuestren, las que recuerdan cómo fueron violadas, las que ven con pesar a sus hijos crecer. Pienso en las que aún no han regresado con sus familias, las que no van a regresar y, sobre todo, en aquellas que algún día pasarán por alguna situación similar y me doy cuenta- con muchísimo pesar- de que no es solo pensar en algunas cuantas, sino en miles... únicamente en mi país.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Fui a casa de mi abuela y, al entrar, me convertí en una niña de 8 años otra vez: 

Se escuchaban los pasos apresurados de mis primos, bajando las escaleras a toda velocidad para ver quién ganaría las retas de este año; Mi tía, en la cocina, preguntando que quién iba a querer más tamales para encender el comal; Mi abuela recibiéndonos con lágrimas en los ojos porque siempre le ganaba la felicidad y la sorpresa de que "ya nos vemos bien grandes".
Toda la casa huele a la cruda de noche buena, a tráiler, al café de olla con canela que siempre estaba hirviendo en la estufa y al perfume de todos y cada uno de los hombres presentes en ese lugar, porque mi abuelo les enseñó a que si no bañaban por lo menos debían oler bien.
Se escucha al perro ladrar, los canarios cantando, mis tíos hablando de béisbol, sus hijas mostrando los regalos que habían recibido y sus esposas poniendo la mesa para poder sentarnos a comer. 
Aún y cuando las paredes han cambiado muchas veces de color, las fotografías se encuentran en el mismo lugar, y las nuevas buscan el espacio que les pertenecerá hasta que ese lugar deje de existir. La mía está en la escalera, aparezco con un vestido azul marino y negro muy formal, agarrada de un pedestal blanco con el ceño fruncido  cubierto por un flequillo tan negro como mis ojos. 
La cantinera, atiborrada de tazas y las manualidades que cada nieto le entregó, incluso está el juego de té que hice con cascarones de huevo cuando iba en preescolar. 
Está la mecedora en la que todos, sin excepción, fuimos arrullados una y otra vez hasta que dejamos de llorar. Donde mi abuela nos pegaba a su regazo con olor a orquídeas o a violetas o a jazmín. La mecedora donde pasaba horas cantándonos y pidiendo que no nos regañaran por haberle roto un vaso o tirado el jabón para trastes o cualquier otra travesura, con la excusa de que "éramos niños" y no sabíamos que estaba mal. 
Recuerdo sentarme en tus piernas y acurrucarme en tu pecho, llenarme de tu olor a talco, acariciarte la piel "suavecita y arrugadita", y sentir que no había pasado el tiempo desde la última vez que te visitamos. Agarrarte la oreja y meterme el pulgar a la boca porque solo así podía dormir, y tú riéndote de mí porque en invierno siempre me salía un callo con tanta humedad.
La tele estaba encendida, como siempre, puesta en el canal para niños por si nos cansábamos de jugar y nos daban ganas de sentarnos en el sillón. Nunca pasaba. Como el tiempo.
No importaba cuántos más fueramos ni la edad que acabáramos de cumplir, la dinámica siempre era igual. Siempre había un nieto al qué arrullar, un niño a quién cuidar, una niña a quién calmar. 

Pero nuestro mundo ya no se encuentra contenido en esa casa, y nosotros sí cambiamos. 
Las navidades dejaron de oler así. Cada vez son menos los que te visitan. A los bisnietos ya no los conoces. Yo ya no tengo ocho años y, desde hace mucho tiempo, dejé de sentirme segura ahí. 
Quizá suene triste pero a veces es mejor guardar cosas en la memoria a forzarnos a revivir cosas que ya no son.