viernes, 21 de agosto de 2015

Las cosas más absurdas de una mujer zurda.


Claro que yo también quise ser princesa
y el centro de su universo
y un poema.
Y que llegara tarde al trabajo alguna vez
por mi culpa.
Que una mezcla de sus genes y los míos
jugara a las muñecas en el salón.
Que los domingos se parecieran a cualquier cosa
menos a domingos.
Que los eneros no tuviera que recurrir a la estufa
para calentarme los pies.
Yo quería un jardín y rosales
y un mar con sus olas,
una talla más de pecho o quizás dos,
un cruce de piernas más erótico
y una voz más femenina.
Quería un montón de fotos con la sonrisa desnuda,
un viaje a Grecia,
un trabajo más decente.
Quería aquello
y eso
y lo otro
y un poco de aquí
y otro poco de allá
y a él.
Sobretodo yo lo quería a él.
Que mis orgasmos no se los tragara el desagüe,
ni mi corazón se quedara sin cobertura
y que los espejos y los hombres
me dijeran la verdad sobre mi cuerpo.
Quería tartas en todos mis cumpleaños
y una posdata que dijera "te echo tanto de menos"
y sexo sin condón ni asientos de coches
y "cariño" y "amor" 
y un "¿cómo estas de tu jaquecas?”
y un " te sienta tan bien ese vestido".
Quería desnudarme en sus pupilas,
comer helado en su espalda,
fumarme un cigarro en su boca,
un silencio que rompiera su palabra,
un hombro que durmiera mis bostezos,
que me sentara mejor aquella falda
y esa blusa
y su piel.
Sobretodo su piel.
Y es que aunque ahora no te lo creas
yo solamente quise ser feliz.
-Ernesto Pérez Vallejo.

sábado, 27 de junio de 2015

Yo no sé por qué pecado estoy pagando pero espero que, en su momento, al menos haya valido la pena.

Pedí crayolas y me dieron un cielo gris.
Quería brincar en los charcos y obtuve una tormenta.
Quise reír hasta que se me salieran las lágrimas y comencé a llorar hasta quedarme dormida.

Definitivamente esto no es lo que pedí pero quizá sea lo que necesito.

Me he vuelto tan egoísta que comparto mis risas con muy poca gente.
Soy tan falsa que doy consejos que no sigo.
Creo en alguien sin creer en mí misma. Y ni siquiera le llamo "Dios".
Visto ropa colorida para disimular lo obscuro de mi alma.
Me pinto las uñas para que no vean mis manos temblar de miedo.
Camino despacio para que crean que estoy segura de mi rumbo.
Hablo de mi futuro aunque maldiga mi presente.
Abrazo fuerte aunque esté rota.
Sonrío y la luz no me llega a los ojos.
Me levanto del suelo aunque ya mis pies hayan echado raíces.

Creo que en otra vida fui muy mala y no tuve tiempo de pagar mis errores.

Limpio mis anteojos cada 10 minutos, sin darme cuenta que la causa no es la miopía sino mi concepción de las cosas.
Me anudo el cabello en una coleta, aunque las dudas las traiga sueltas sobre los hombros.
Culpo a mis VANS rotos del dolor de pies, a sabiendas que en realidad es causado por el camino que he recorrido.
Me aferro a la idea de cumplir un sueño que ya caducó y gasto mi dinero en algo que no puedo pagar.
Delineo mis párpados día con día y me maquillo las ojeras noche tras noche.

Yo no sé por qué pecado estoy pagando pero espero que, en su momento, al menos haya valido la pena.

Duermo para escapar de la realidad y hasta en sueños me persiguen.
El monstruo bajo la cama ya se fue, tuvo miedo de mi reflejo.
El espejo se rompió porque no pudo con una mirada tan trasparente como la mía.
Los zancudos me succionan la sangre sin pudor, porque saben que un cuerpo tan inerte no los lastimará.
Las moscas se pasean por mis piernas, porque me saben muerta desde hace meses.
Y yo sigo aquí, fingiendo que soy la luna y hoy tengo qué brillar.

miércoles, 17 de junio de 2015

Tergiversando.

Conozco a un hombre que me hace bien con su mera existencia. Un romántico, soñador y polifacético tipo maravilloso que tiene el cielo en las manos y no sabe caminar sin que se le noten las alas en los pies. Se pone nervioso al hablarme, al agarrarme las manos, al besarme... pero mantiene fija su mirada cuando se encuentra frente a mí. Su andar destila poesia y desinterés. Se le traban las palabras de vez en cuando y la memoria le falla en casi todos los momentos importantes, se le desacomodan las letras pero siempre sabe cómo hacerme reir. Conozco a un hombre que no cumple con mis reglas y que ha desafiado a todo estereotipo que llegué a considerar. Se ha encargado de cambiar mis definiciones del amor y de la vida, de la música, del cine, de la poesía y hasta del amanecer. Conozco a un hombre que ama hasta que se le agoten los latidos, que se anuda las promesas en las pestañas para no olvidarlas y se llena las manos de posibilidades. Que vive el amor con la ternura de un niño y la pasión de un hombre.
Me reconstruyó cuando yo estaba rota y había perdido los pedazos. Me iluminó cuando yo estaba envuelta en un mar de penumbras, aunque él no supiera nadar. Me esperó cuando no tenía reloj y ni siquiera hubo cita previa. Me vio cuando yo era invisible. Me escuchó cuando estaba en silencio y me abrazó mucho antes de que empezara a llorar. Conozco a un hombre que me hace una mejor mujer a diario, que me alienta a seguir adelante y se acuesta conmigo cuando no me quiero levantar. Que me hizo aprenderme todos sus caminos, aunque éstos no llegaran a Roma. Me invitó a dormir en su cama, abrigándome con su piel y dejando que usara su pecho de almohada, me pintó la vida con sus crayolas y dibujó una constelación con sus dedos, en mi espalda. Sabe cómo armarme y deshacerme con un "te quiero". Usa su mirada como arma de doble filo y las manos como cadenas con tercipelo. Celebra nuestras coincidencias como si fueran pequeñas vidas y hace que cada momento sea un sabor diferente de café. Alude mis sonrisas, suspiros y su nombre entre mis labios. Me transforma los truenos en palabras dulces, la obscuridad en juegos lascivos y los fracasos en aprendizajes.
Conozco a un hombre que vivía entre mis manos antes de tocarlo y que me besó mucho antes de posar sus labios sobre los míos; que hizo de mí una página en blanco, un guión cómico-cursi-dramático y de ficción, un poema sin rima y una canción al compás de sus besos. Conozco a un hombre que me acompañó en el camino cuando mis pasos andaban lento y me dolían los pies. Que ha tenido la paciencia para soportar los vendavales y las dudas, los reclamos y chistes malos, las bromas pesadas y disculpas, los momentos empalagosos y salados. Un hombre que me hace feliz y al cual llevo en la punta de mi lengua, me hace sentir liviana, libre, capaz y fuerte... pese a seguir viviendo dentro de mi propia jaula. Un hombre que no ha tenido miedo de lo que soy y que está interesado en conocer aquella mujer que podría ser, que no me ha dejado perderme sin él y que a pesar de no saber a dónde vayamos, el camino resulta sumamente placentero. Que canta conmigo canciones de blues y baila jazz pese a tener dos pies izquierdos, que devora dulces como si fuese una competencia y me rasca la cabeza cuando me recuesto en sus piernas. Un hombre que ha tomado mi mano y no ha querido soltarla pese a la distancia y las adversidades. Conozco a un hombre que hizo su casa en mi alma y que ahora mismo, mientras lee esto, una sonrisa le adorna el rostro... porque sabe que hablo de él.