sábado, 8 de diciembre de 2012

Susúrrame lo que quieras, pero no me susurres tu adiós.


Susúrrame al oído, hazlo muy suave para que el viento no te escuche y el mar no te vea. 
Cuéntame, en medio de éste cuarto obscuro, las razones de que la soledad me embriague noche tras noche,  la razón de que mis ojos lloren al verte, y entre caricias se enmudezcan mis labios.

Ven, susúrrame al oído todos los errores cometidos, las faltas, los fracasos.
Cuéntame cómo pasaré mis noches en soledad, en recuerdos y llanto.
Entre nudos rotos y gargantas irritadas, entre golpes de pechos y mañanas apagadas.

Susúrrame suavemente...
Despacio, no tengo prisa por que te apartes de ahí.
Únete a mi oído y llénalo de tu voz, así como hiciste con mi corazón.  

Ven, susúrrame que te quedarás a mi lado.
Dime que éstas lágrimas se marchitarán.
Dime que esto es una pesadilla y pronto voy a despertar.
Dime que aún eres mío, que me perteneces y sigues aquí.

Susúrrame al oído, quedito.
Como quien no quiere despertar a alguien que yace en un sueño placentero.
Como quien llega a mitad de la noche, tan sólo a decir "buenas noches, te amo".
Como quien no tiene ganas de irse y está seguro de quedarse a dormir. 

Susúrrame suavemente...
Despacio, no tengo prisa por que te apartes de ahí.
Dime lo que sientes, pero no me digas que ya no me amas.

Ven y susúrrame palabras necias, tontas e incoherentes, 
palabras dulces, tiernas e indelebles.
Susúrrame lo que quieras,
pero no me susurres tu adiós. 

sábado, 1 de diciembre de 2012


Al terminar de leer “Sal con una chica que lee”, sonrió.- Abigaíl leía, escribía y tomaba café. Abigaíl era frágil, torpe y muy dulce a la vez. Abigaíl era una mujer melancólica, sentimental y susceptible a cualquier comentario con respecto a su persona. De apariencia “ruda” y un tanto agresiva, desinteresada, fuerte e inmune a los demás. Abigaíl aparentaba ser una mujer segura y por dentro se escondía tras la puerta, cual niña pequeña.- Al terminar de leer sonrío y se sintió herida, porque a pesar de ser tan maravillosa como ese texto decía, como muchas personas afirmaban como él llego a afirmar, a pesar todo eso, ella no lo sentía. Abigaíl es inestable y empieza a preocuparse por su físico, más que para agradarle a los demás es para agradarse a sí misma; quiere sentirse orgullosa del reflejo que le muestra el espejo. Abigaíl es insegura, duda en cada decisión que toma, en cada paso que da y en cada respuesta que afirma. Abigaíl sabe lo que es amar y por ende, sabe lo que es doler. Al terminar de leer “Sal con una chica que lee”, se sintió herida, estúpida, insignificante; porque nada de eso era suficiente para el hombre que ella amaba y el que le había jurado amor incondicional. Ella no era lo suficientemente linda, tierna e interesante, lo sabía porque de no ser así, él no hubiera necesitado “amigas” porque la tenía a ella, y ella leía y escribía también y aún así no era suficiente.

No soy tu amiga.

No lo soy.
Porque tú, a tus amigas, las abrazas.
Porque tú, a tus amigas, las besas.
Porque tú, a tus amigas, les dices lo lindas y sensuales que se ven.
Porque tú, con tus amigas, te metes a bañar.
Porque tú, a tus amigas, les aceptas todo lo que te quieran dar.
Porque tú, con tus amigas, juegas obscenamente.
Porque tú, a tus amigas, les hablas vulgarmente.
Porque tú, a tus amigas, les haces proposiciones indecorosas.
Porque tú, a tus amigas, les subes el autoestima.
Porque tú, a tus amigas, las consuelas cuando alguien las lastima.
Porque tú, a tus amigas, les saca millones de sonrisas.

Porque tú, a tus amigas, les cuentas cómo te fue en el día.
Porque tú, con tus amigas, aplicas el "a la mujer lo que pida".


Y yo no puedo ser tu amiga; porque a mí, todas esas cosas, me las daba mi novio.
Y no me conformo con ser plato de segunda mesa, ni servilleta a la hora de comer.
Porque si alguien quiere estar conmigo es porque está de acuerdo en que me va a pertenecer.

Soy envidiosa, querido. No me gusta compartir mi carne con las zorras hambrientas que vaguen por ahí.