miércoles, 14 de febrero de 2024

Me edificas, me construyes, me sostienes.



Imán de ti


Cuando te pienso se desatan atractores extraños,
mi cuerpo se desplaza,
se hace trizas en todas direcciones para encontrarte.
Y así vuelvo a nacer cuando te abrazo.
En el microclima de tu piel
mis briznas se conjugan con verbos desconocidos,
se recomponen
lejos de las palabras párvulas y huérfanas.

Así vuelvo a nacer
con los poros imantados de ti.
Tu piel tira de ellos en la distancia.
Hundo mis pies en tu océano,
me abandono a la química de las pasiones,
y a un solo movimiento tuyo
se ordenan mis hormonas, mis células, mis glándulas,
en el concierto del deseo sin ataduras
ni sintaxis.

Y creo más en ti
que en el silencio sobrecogido de las catedrales.
Contigo sobrepaso el umbral de todas las incertidumbres,
en ti el cobijo, el dintel,
mi bóveda, mi ménsula, mi arquitrabe gozoso,
me edificas, me construyes, me sostienes.

El metropolitano ruge debajo de mi casa
como un dragón de horario estremecido
y yo me protejo en la fortaleza de tus extremidades,
vadeo un río toda la noche para buscar el refugio de tu origen.

Tú mi atmósfera, mi espacio abierto
para entrar y salir sin centinela.
Traes un aire nuevo entre tus labios
y ya no sé respirar fuera de ti.
Cuando tú no estás
el cielo detiene sus hélices de plomo,
se enrarecen las palabras
y no saben decirte.




-Amelia Iglesias Serna

martes, 29 de agosto de 2023

DIEZ

 Dejas caer tu cabeza en mis brazos como si de una almohada se tratara,

 y yo no sé cómo explicarte que, para mí, la nube eres tú

que me convierto en río caudaloso

y el agua que llevo proviene de ti.


Enredas tus pies con los míos mientras dormimos 

y yo siento como si la vida se me enraizara, 

como si fuera un árbol que se aferra a la tierra

en medio de un huracán

pero el huracán soy yo

y la tierra eres tú

mi raíz, eres tú.


Me agarras de la mano despacito,

como quien no quiere incomodar 

cuando llega sin previo aviso

pero yo solo quiero que me aprietes fuerte

porque, cuando llegas, la vida se me va rápido

y siento que no alcanzo a sentirte entero.


Me desenredas el cabello antes de dormir

y es como si me deshebraras el alma,

los miedos, las angustias y las entrañas,

los nudos se enredan una y otra vez

pero sigues metiendo tus dedos largos

en cada hueco de mi cabeza,

entre cada espacio de mi anochecer.


Luego te vuelvo a extrañar, 

aún y cuando me tienes envuelta

porque contigo todo me sabe a recuerdo 

pero de aquellos que se sienten como alivio


Y es ahí cuando descubro

 que un cuerpo puede sostenerse en otro

 y, a la vez, convertirse en una casa.

Y mi casa, eres tú.

lunes, 29 de mayo de 2023

SIETE




Todo lo que yo quisiera de ti, son esas cosas cotidianas, el olor de tu cuerpo, saber lo que piensas de cualquier cosa, de ti, de mi, de nuestro entorno. Que mires más allá de mi apariencia física, que me recuerdes con pasión, y que el placer que juntos inventamos sea otro signo de la libertad.




-J. C.

sábado, 29 de abril de 2023

SEIS

Si pudiera multiplicarme
pasearía contigo
dándote las dos manos.

Quiero decir,
si pudiera ser dos yo, 
yo dos veces
-entiéndeme-,
un alma repetida
como el rizo que se enredara entre dos dedos
y pareciera un meñique
o los labios
que abrieran paso a una lengua
que precediera a un beso
que se duplicara buscando la eternidad,
colonizaría tu hoy y tu mañana,
te esperaría donde estarías
y donde querrías estar,
te extrañaría
viendo cómo tus besos crean goteras en mis pestañas
y al mismo tiempo te dibujaría los labios
llenos de saliva
en el centro de tu dedo corazón.

Si pudiera redoblarme
nos observaría desde fuera
como quien mira a los ojos de la muerte: 
con envidia.

Si pudiera estar aquí y allí
estaría en ti y en ti,
prendería fuego a Troya
mientras te regalo París,
te miraría dormir
y al mismo tiempo soñaría contigo.

Ya sabes a lo que me refiero,
si pudiera engañar a las coordenadas 
crearía un mapa donde solo cupieran
tus dedos de los pies
y esta necesidad de seguirte a todas partes.

Si pudiera ser la misma en dos mitades,
amor,
te vestiría con el mismo nerviosismo
con el que me dejas desnudarte,
limaría mis errores
para que el tropiezo fuera suave
y sería a la vez precipicio e impulso 
de todos tus miedos y sueños.

Si pudiera,
mi amor,
convertiría todo lo que ahora es singular
en plural.

Pero no puedo,
así que has de conformarte
con lo único que puedo hacer:
quererte
-no el doble, ni por dos, ni al cuadrado,
sino con la fuerza de un ejército
de tres mil latidos y doscientos litros de sangre
que queriéndote dar más de lo que tiene
te da todo lo que es.-



Tres mil latidos y doscientos litros de sangre- Elvira Sastre.

martes, 28 de febrero de 2023

CUATRO.

Y es que, cuando estamos juntos, las letras de Aurora cobran sentido: 

They say there is a war
Between the man and the woman 
I've never felt like this before
My heart knew that I couldn't 
And then you take me in
And everything in me begins to feel like I belong
Like everybody needs a home
And when I take your hand
Like the world has never held a man
I know I cannot heal the hurt
But I will hold you here forever
If I can, if I can

And then I learned the truth
How everything good in life seems to lead back to you
And every single time I run into your arms
I feel like I exist for love
Like I exist for love
Only for love

I can't imagine how it is
To be forbidden from loving 
'Cause when you walked into my life
I could feel my life begin
Like I was torn apart the minute I was only born
And you're the other half
The only thing that makes me whole
I know it sounds like a lot
But you really need to know
We are leaning out for love
And we will lean for love forever, I know
I love you so


And when you say my name
Like white horses on the waves
I think it feels the same
As an ocean in my veins
And you'll be diving in
Like nothing is out of place
And we exist for love
Only for love
And I love you, I love you, I love you.

domingo, 29 de enero de 2023

TRES.

Si pudiera detener el tiempo escogería un domingo.
Y si me dieran a elegir con quién compartirlo, sería contigo.

Podríamos caminar por la mañana, desayunar sin culpa, acariciarnos toda la tarde y hablar de esas cosas que les cuentas a tus amigos cuando crees que ya no hay tema de conversación y de repente te encuentras filosofando cuál René.

“Porque contigo la vida es tan fácil, amor.
Contigo el amor es tan fácil, mi vida.”

Porque contigo los días me saben a invierno, a lluvia, a viajes en carretera y a serenidad.
Porque, contigo, no importa si el café se enfría, y los atardeceres siempre duran un poquito más.
Porque contigo quiero los bailes sin ritmo ni canción, las carcajadas en el súper, los miedos contenidos y los amaneceres sin sol.
Porque nuestros son los sueños y el espacio que compartimos.
Porque, contigo, los lunes me saben a viernes y los sábados a domingo. Porque, si estamos aquí de nuevo creo que ha valido la pena todo el camino recorrido. Porque te amo y agradezco a la vida que elijas estar conmigo.

jueves, 29 de diciembre de 2022

DOS.

Creo que el miedo es impulso y parada en seco; que suena a las llantas quemándose con el asfalto, y al silencio que hacen los árboles cuando descansan; que huele a la acidez del sudor que recorre la frente y sabe a cuando empieza a salir el sol después de una noche muy larga.

Tú y yo tenemos miedo, nos lo hemos dicho varias veces, las mismas veces que hemos discutido por no comunicarnos bien, por no entendernos como quisiéramos, por no acompañarnos como deseamos y por no poder estar cuando el otro lo necesita. Pero es gracias a ello que creo que nuestro miedo no surge desde la incomodidad que genera el no querer estar sino desde la desesperación del no quererse ir.
Porque yo no me quiero ir.
Porque te creo cuando dices que no te quieres ir.

Entonces, aquí estamos, en medio de un auditorio a media luz, con una bola de espejos que rebotan en la cara de personas que repiten “nothing's gonna hurt you, baby. As long as you're with me, you'll be just fine”, como si la vida se nos fuera en ello. Porque así se siente el miedo cuando tienes quien te tome de la mano cuando cruzas una avenida concurrida o cuando caminas en la obscuridad.
Porque así me siento cuando te digo que tengo miedo y me ves a los ojos.
Porque así quiero hacerte sentir cuando me dices que tienes miedo y te abrazo.
Porque contigo puedo arrancar a toda velocidad o frenar de golpe, sentarme con los árboles a descansar, saborear el sudor de tu frente y esperar a que salga el sol después de una noche muy larga. Porque contigo el miedo no duele, pero me enseña a cuidar lo que tengo.
Porque tú y yo tenemos miedo, sabemos que tenemos miedo, y aun así… elegimos estar.

martes, 29 de noviembre de 2022

UNO.

Estamos aquí con la consigna de que esto no es un regreso; porque regresar significa “ir al lugar de donde se ha salido”, y yo creo que ninguno de los dos logró salir. Porque bien decía Benedetti: nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos; y es gracias a ello que hoy podemos estar aquí.

De regresar no quiero nada, ni lo bueno que tuvimos; porque en ese entonces era lo mejor que podíamos dar y hoy tenemos el doble para regalarnos. Porque el amor que antes me quemaba hoy es calidez cuando hace frío y menta fresca en el verano. Porque mi piel ya no ansía ser tocada por ti, sino que busca llegar al fondo y hacer conexiones nerviosas con tu alma. Porque las palabras que decimos ya no se tragan, sino que se paladean despacio hasta que son escuchadas.

De hacer algo nuevo, “tal vez”; te dije como si no sintiera la respuesta dilatándose en mi garganta. Porque me es muy difícil carearme con las hojas en blanco, aunque ya hayan tenido una historia. Porque me he dado tanto amor que a veces olvido cómo se siente compartir. Porque mi piel ya ha cicatrizado y no me gustaría arrancarme las escaras. Porque las palabras que nos decimos saben a promesas por cumplir.

Entonces, hoy estamos aquí con la consigna de que esto no es un regreso, sino un comienzo. Pero no de los que van desde cero, sino de aquellos que se toman como el inicio de un camino nuevo por recorrer.  

domingo, 5 de junio de 2022

Entrevista 2.

Es bien sabido que yo regreso a este lugar solo cuando estoy muy triste o creo que tengo algo que decir, pero entre más pasa el tiempo menos capaz me siento de escribir algo coherente. Hoy no fue la excepcion; vine a buscar algo que me ayudara a levantarme mañana con buena cara, a continuar el camino con optimismo y a seguir pensando que quizá ahora sí lo vaya a encontrar (sea lo que sea que llevo años buscando). Para mi fortuna o desgracia (porque todo depende del humor con el que se lea) no encontré cosas que se puedan leer en voz alta, en medio de una fiesta de cumpleaños, cuando se supone estás celebrando la vida y a quienes te acompañan; pero encontré unas preguntas que me gustaría responderme antes de cumplir veintisiete años, porque dicen que siempre es bueno actualizarse y mantenerse al tanto de lo que pasa en el mundo (sea lo que sea que eso signifique). 

"¿Quién es Abigail?" Me preguntaba. 
"Un ave de alas rotas, flor marchita, hoja seca, espina de un tallo sin raiz; amorfa, incolora, traslúcida, frágil, incompleta, defectuosa, rota; castigo, maldición, hechizo, karma, pesadilla, huracán, obstáculo, accidente, tropiezo; grito ahogado, nudo en la garganta, silencio incómodo, anochecer, parpadeo, suspiro; veneno, daga, herida, arma, bomba, azul; analogía, punto final, verso, estribillo, nota; palabra, boceto, dibujo, representación mental, personaje, tatuaje, sueño, deja vu; epílogo, posdata, conclusión, pie de página; drama, misterio, ficción, suspenso, utopia; mujer, niña; testatura, distraida, agridulce, rutinaria, envidiosa, insaciable, ilusa, crédula, intantil". Escribí.
Pero hoy he tachado todos los adjetivos que yo no me asigné, los que fui para alguien más, los que creyeron que era, los que me reclamaron "por ser" y los que no describen a la Abigail de veintesis. 

Ojalá fuera un ave, aún y cuando se le hayan roto las alas, pero yo aún no aprendo siquiera a volar. No soy una hoja seca porque llevo dentro todas las estaciones. No soy la espina de un tallo sin raíz, porque tengo bien presente en dónde estoy enterrada. Ni amorfa, ni incolora ni traslúdica, porque tengo un cuerpo que cambia constantemente y me permite descubrir aquello que está afuera de mí. No estoy incompleta ni defectuosa porque no soy una muñeca, aunque muchas veces me gustaría que me quisieran la escoba, el plumero y el recogedor. No soy un castigo, ni una maldición, ni un hechizo, ni una pesadilla, ni un obstáculo ni un accidente, ni una daga ni un arma, ni una bomba, porque no soy una película de terror ni un personaje de ficción . No soy un parpadeo porque cuando aparezco, o me voy, tardo más de un segundo en hacerlo. No soy un verso sino un poema entero, no soy un estribillo ni el coro ni una nota, soy un álbum completo. No soy un boceto ni un dibujo ni una representación mental, soy una galería entera. No soy un epílogo ni una dedicatoria ni un posdata y mucho menos una conclusión, porque aún no he terminado de escribirme. Y no lo digo con soberbia sino como algo que me costó mucho trabajo aceptar.

A veces me siento frágil aunque siempre me haya(n) repetido lo fuerte que soy. Aunque sepa lo fuerte que soy. Creo que sí estoy rota de algunas partes, pero ya no lo veo como algo malo (incluso, aprendí que es algo así como un estilo de arte japonés). Soy mi propio nudo en la garganta porque aún sigo aprendido a hablar(me) de manera efectiva. El anochecer es lo que llega cuando la luz se va y creo que no hay nada tan revelador para conocernos como los momentos en los que nos quedamos a obscuras, y yo llevo mucho tiempo en un cuarto sin focos. Trato de que mis relaciones se formen a partir de una analogía: una relación de semejanzas entre cosas que son disintas", porque me gustan los matices, las escalas, los degradados de color y las refracciones de la luz.

Soy el punto final que da pie a los párrafos nuevos; y estoy aprendiendo a ser el que cierra las ideas y ya no las deja pasar. El drama rige mi vida porque soy géminis con luna en virgo y ascendente en scorpio, no hay mayor explicación.  Tengo que admitir que mujer siempre he sido, que mi niña interior y yo estamos haciendo las pases y que, a veces, todavía sigo siendo terca, rejega, obstinada, distraía, testatura, agridulce, crédula e infantil. Me cuesta un poco no caer en las rutinas pero es más mi aversión por ellas que, en general, logro romperlas un poco durante el día. 
Soy azul, como ojera de mujer que está acostumbrada a recibir malas noticias y a comunicarlas de forma que no se sienta tanto el chingazo; como un listón azul, que cuelga del cabello de una niña que corre a la orilla de un parque; azul, como la catarsis que se siente en el pecho cuando cantas en el concierto de tu banda favorita; azul, como el amanecer después de una noche en penumbras. 
Azul, como un arbusto lleno de plúmbagos. 

Luego, en la entrevista que me hacía (o quizá alguien más me hizo y yo solo la vine a escribir aquí), me preguntaba cuáles eran mis virtudes y defectos. Quiero pensar que no comprendía bien la pregunta, porque más que "virtudes" escribí cosas que la gente decía que no les gustaba de mí, y en los "defectos" puse cosas que a mí no me gustaban de mí. Después (porque no ha sido la única vez en que he escrito sobre ello, a lo largo de mis años), comencé a describirme como una mujer "fuerte e independiente", "inteligente y perfeccionista", alternando entre que si era defecto o virtud. Pero hoy, que conozco más palabras y, principalmente, que me conozco más a mí, creo que de entre mis cualidades (que a veces son defectos y otras virtud) podría decir que soy impaciente, resiliente, curiosa y apasionada. 

Hace diez años me veía "rota, cansada, a medias, avanzando a paso lento y aparentemente firme. 
Estudiando, estudiando mucho". Hoy (que es el futuro), me así pero no completamente: Un poco "rota" pero la terapia ha funcionado mejor el resistol para irnos pegando; "a medias" no, porque no tengo un destino fijo así que no sé en qué parte del camino estoy; "aparentemente firme" tampoco, porque soy muy consciente de que me balanceo todo el tiempo, que a veces me tropiezo, otras voy a gatas, algunas a rastras y muchas veces me siento a descansar un ratito; "estudiando" tampoco, y por fortuna, ya no lo veo como una obligación. 

De la carrera... es todo un tema pero, licenciadas, ya somos. 

De lo que espero de mí, sigue siendo lo mismo: "que no se me olviden las razones por las cuales empecé a vivir". 

De esta entrevista, solo me queda agradecerme por cuestionarme en cada momento de la vida, porque es así que más he aprendido de mí. Me queda recordarme que no hay respuestas correctas o incorrectas y que, aún y cuando las ideas no se hayan desarrollado bien del todo, la interpretación de éstas depende de lo que quiera entender y, hoy, decido entender que las cosas cambian, crecen, evolucionan, se extinguen y al final... está bien (aunque a veces no se sienta).


martes, 19 de abril de 2022

Cuéntame de tus manos, porque hace mucho no las veía.

Lo último que recordaba es que estaban frías y me entregaban un montón de libros para así por fin decirme adiós; que se movían ansiosas, dando vueltas en sí mismas, la última vez que discutimos; que llevabas las uñas largas porque ya no te había molestado diciendo que te las cortaras, y que cada vez se iría haciendo más larga la distancia  entre éstas y mi corazón.

¿Tienes algún lunar nuevo? ¿Cuándo fue la última vez que tocaron algo suave?
¿Qué historias escribieron? ¿A cuántos enemigos mataron en un videojuego?
¿Cuál fue la última emoción que las hizo temblar? ¿Era miedo? ¿Eran nervios? ¿O no podías dejar de llorar?
¿Cuántas frutas te ayudaron a pelar? ¿Qué estabas cocinando la última vez se quemaron? 
¿Qué sensaciones nuevas describieron y en qué parte de tu cuerpo te gusta ponerlas a descansar?
¿Cuántas veces han pedido disculpas? ¿A cuántas personas le han agradecido? 
¿Cómo se siente el viento cuando las roza? ¿A qué huelen cuando vas al mar?
¿Cuántas personas señalaron injustamente? ¿Dónde las escondiste después de robar?
¿A qué se siguen aferrado? ¿Qué es lo que no han podido soltar?
¿Cómo las limpias después de una pandemia? ¿De qué color prefieren pintar?
¿Cuál es el rostro que llevan grabado? ¿Qué mensaje se arrepintieron de borrar?
¿Han tocado alguna nube? ¿Qué poema les hubiera gustado inventar?
Y es que me gustaría saber tantas cosas de ellas.
¿Extrañaban mi cabello? ¿O mi cuello? ¿O mi cintura? 
¿Recordaban a las mías? ¿O el latir de mi pecho? ¿O sentir cuando las presionaba contra mis labios?
¿Alguna vez quisieron regresar? ¿Y la temperatura de mi cuerpo, aún la podrán calcular?
¿Aún son buenas para apretarme y recordarme que aquí estás? ¿O estarían dispuestas a limpiarme las lágrimas otra vez? 
¿Crees que quieran repasarme los lunares del pecho? ¿O dibujarme florecitas en la espalda?
¿Podrían sostener un libro mientras me lees antes de quedarme dormida? ¿O quizás traten de sostenerme cuando ya no pueda más? 

Cuéntame de tus manos, porque hace mucho no las veía. Cuéntame qué han hecho durante todos estos años, porque las mías no te dejaron de extrañar.



viernes, 27 de diciembre de 2019

I
Vengo de un largo
trayecto de abandonos
no soy la única
lo sé no lo presumo
pero son mis pies los míos
quienes recorren y recorrieron
el camino mis pies y no otros
mi cansancio y fatiga
intemperie de abrazos
sin consuelo
enmimismada.

No el suelo bajo los pies
sino mis pies sobre la tierra
inaudita intromisión
imposible contacto
con todo y tanto andar
de paso y paso a paso

Los pies que no vuelan
los pies torcidos
la cuesta arriba
el bordón quebrado
quebrantado apoyo
mis pies cautivos sin alas
sin compañeros de destino
largo viaje de abandonos
los míos

Imagen y semejanza
de un olvidado ritmo
eterno partir y partirse
el talón el empeine
la planta la huella
el tiempo todo lo borra dicen
sin empacho los sedentarios
ajenos a la herida la magulladura
el tránsito descalzo

Andar sin artificios
peregrino a Compostela
daba igual la dirección
pues todo fue signo
itinerario sin trazo
que los pies me lleven dije
donde esté mi alma

Ningún fuego consumió
sin embargo tanta pisada
en las hogueras para alumbrar
la ruta
ninguna lágrima tampoco
las secó
todo ahora quedaría como un andar
en sueños
salvo por las cicatrices
y una contumaz renquera.

-Esther Seligson.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Mujer en construcción.

Asumirme como una “mujer feminista” va más allá de conocer a mujeres que han sido heridas, identificarme como víctima o empatizar con quienes han sufrido. Es levantar la voz por quienes temen hacerlo, luchar por aquellas a las que no se les ha hecho justicia, gritar por las que no van a regresar, defender a las que aún están sufriendo y abrazar a las que están agarrando fuerza para levantarse. Porque así como no importa el lugar, la ropa ni la edad para que una mujer sea maltratada, a mí no me importa que hayamos discutido alguna vez o que ni siquiera nos volteemos a ver cuando nos cruzamos en la calle; no importa si estás a favor o en contra del aborto, si crees que “no son formas” o te la pasas defendiendo a un hombre que te cela con la excusa de que es porque te quiere, porque si necesitas de alguien que te escuche estoy dispuesta a hacerlo, si quieres que alguien te acompañe haré lo posible para estar ahí, y si tienes miedo de hablar seré quien grite para que seas escuchada,
Y en plena conciencia de que pueda sonar hipócrita, absurdo y hasta utópico decir que me describo como una mujer feminista, declaro que me encuentro en construcción: porque día tras día lucho en contra de mis propios prejuicios y sigo aprendiendo de mis errores; porque soy consciente de haber llamado “puta”, “zorra” y “pendeja” a otras mujeres sin siquiera conocer un poquito de su historia; porque me reprendo cada que me da cuenta de que voy criticando la forma de vestir o maquillarse de otra; porque no he leído más de 10 libros que hablen sobre feminismo ni conozco la historia década por década, pero hago mi mayor esfuerzo por informarse cada vez más.
Soy una mujer en construcción, porque así como me duelen las heridas de las otras sé que yo también llegué a lastimarlas, a juzgarlas y a pasar por encima de sus sentimientos, pero poco a poco estoy aprendiendo a observar

Por pensar en "algunas cuantas".

Hace unos días me preguntaron que cuál era la razón por la que me asumía como una "mujer feminista" y, como era una charla de esas en las que sí vale la pena el diálogo, me puse a reflexionar acerca del tema. Y más allá de los datos obvios: 
(Durante los meses de enero a octubre 2019)
En México asesinan -al menos- a 8 mujeres cada día. Nuevo León se encuentra en el 3er lugar con más feminicidios dentro del país, justo por debajo de Veracruz y el Estado de México. Monterrey encabeza la lista de ciudades dentro del estado, superando a Culiacán y Juárez.
En cuanto a las llamadas de emergencia hacia las autoridades: Nuevo León se encuentra dentro de los 5 estados, dentro del país, donde más se agrede a las mujeres; es el primero con respecto a reportes de violencia y abuso sexual, de las cuales más de 20 mil están relacionadas con la pareja; y el segundo en cuanto a reportes de violación, detrás de la ciudad de México. Por mencionar "algunos cuantos".

Me puse a pensar en las mujeres que he conocido a lo largo de mi vida:
-Mi abuela, que tuvo que cargar con los gastos de sus tres hijos y un marido borracho que ni siquiera recordaba su nombre.
-Mi tía: que cumplió con las exigencias de un esposo golpeador hasta el día de su muerte, y que fue juzgada como “una puta” cuando decidió volver a estar con alguien más.
-Mi prima: que regresó meses después a su casa, llena de golpes y con las manos negras por tanto pelar nueces porque el hombre con el que se había casado la obligaba a “ganarse el pan” que comía.
-Mi mamá: que usaba ropa floja “para no andar enseñando de más”, que no podía bañarse ni ponerse perfume antes de salir a recogernos a la escuela porque “de seguro andaba de puta”, que peleaba con mi papá en las noches cuando éste llegaba de viaje y solo quería coger, que se moría de miedo cuando le lanzaba los platos a los pies porque había encontrado una piedrita en los frijoles, que tantas veces fue amenazada de muerte cuando dejamos de vivir con él; y que, actualmente, ni siquiera se atreve a salir con alguien más por el miedo a encontrarlo en la calle o algún otro lugar.
-Mis amigas: la china a la que le dolía tener sexo con su novio pero aún así lo hacía, el mismo que no la dejaba vernos porque leyó la conversación donde le decíamos que eso no estaba bien. La flaca que terminó casándose con el wey que le recomendó leer “100 datos para ser más inteligente”, que la forzó varias veces a tener sexo cuando llegaba borracho, que le lanzó todas sus cosas a la calle y no le quería dar a su hija, que la asfixió mientras le decía que “perdóname por tener tantas ganas de lastimarme” y después lo comparo con el hecho de que “él así se sentía -ahorcado- en su relación”, que la felicita por “ser feminista” y horas después la acusa de ser una “puta mentirosa” por contarle a su hermana y comenzar con los trámites del divorcio. La güera que vive caminando con miedo tras las amenazas de su exmarido, peleando una custodia cuando éste ni siquiera recuerda la fecha en que nacieron sus hijos. La chaparrita a la que su novio obligó a abortar porque “no estaba listo para formar una familia”, y que luego terminó engañándola con otra chava de su salón.
-Las esposas de mis tíos paternos: siempre señaladas cuando alguna llegaba a mencionar que les habían golpeado, que día tras día recibían insultos y gritos, que tuvieron tantos hijos y abortos conforme las ganas de sus maridos. A las que sus hijos tenían que defender a golpes contra sus padres, y a las que sus hijas denunciaban por violencia.
-Mis pacientes: las señoras que de un momento a otro se enteraban de que tenían una enfermedad de transmisión sexual, siendo que nunca tuvieron relaciones con alguien que no fuera su marido. Las niñas que murieron a causa de violaciones sexuales por sus papás, sus vecinos y hasta sus hermanos. Las chavitas con menos de 15 años que no iban a terminar la escuela porque se habían embarazado y su familia las obligaba a mantener al bebé. Las chiquitas con brazos fracturados porque sus padrastros las golpeaban. Las mujeres a las que habían acuchillado para robarles un celular que cuesta menos de 2 mil pesos.
-Mis compañeras de clase: a las que el maestro les tocaba la pierna en secundaria, o les hacían “halagos” acerca de lo bonitas que eran cuando ni siquiera habíamos cumplido 15 años. A quienes el maestro les pedía “favores” a cambio de pasarlas en la materia y que cuando se negaron terminaron directamente en 4ta oportunidad. A las que les dijeron que si sacaban malas calificaciones era porque la carrera de Medicina estaba hecha para personas inteligentes y las mujeres no lo eran. A quienes el maestro que estudió Filosofía y Letras les decía que no debían andar hablando sobre el feminismo porque solo quedaban como tontas, que las mujeres no deberíamos tener derecho a votar y que es nuestra culpa que nos violen, por no vestir faldas largas de “manera decente”.

Me puse a pensar, a recordar y abrazar espiritualmente a cada mujer que conozco y que sufrió algún tipo de violencia por el simple hecho de ser mujer; por considerársele débil, tonta o inferior; por tener ideas diferentes y no quererse casar o tener hijos, ni vestir faldas o estudiar belleza, por dejar que la inviten a comer y no tener sexo después, por arrepentirse cuando ya estaban desnudas en la cama; por no saber cocinar, por querer verse bonitas frente al espejo y no para quienes se sienten con la autoridad de gritarles en la calle; me puse a pensar en aquellas que ya están hartas de tanta impunidad y son señaladas como “extremistas”, “ridículas” y “exageradas”:

Porque después de años de terapia, de charlas, de investigar e informarme al respecto, entendí que todas las veces en que decía “no” debí ser respetada. Cuando voy en el transporte público y me rozan con la excusa de que “va muy lleno”, o la vez en que un tipo que iba a mi lado decidió que tenía el derecho de lamerme el brazo, y otro de enseñarme cómo se masturbaba. Cuando era niña y mi primo me encerraba en un clóset para tocarme bajo la blusa, o el otro que me obligaba a meterme bajo la cama para chuparle la lengua. La vez en que no quería tener sexo con mi novio pero tampoco quería pelear. Cuando confrontaba a mi papá y le exigía que dejara de gritar, cuando me pateó para quitarme las llaves “de su casa” y después se me echó encima porque tomé el teléfono para llamar a la policía. Cuando se enteró de que lo había denunciado y con amenazas me exigía que quitara la demanda. Cuando le dije que ni siquiera podía hacerse llamar “papá” y terminó describiéndome la forma en que se iba a vengar mientras hablábamos por teléfono.


Y es que más allá de recordar a las mujeres con las que me he topado en la vida, en mi familia, mis amigas y en mí, pienso en todas aquellas a las que no conozco, las que siguen durmiendo en la misma casa que su agresor, las que caminan con miedo a que las secuestren, las que recuerdan cómo fueron violadas, las que ven con pesar a sus hijos crecer. Pienso en las que aún no han regresado con sus familias, las que no van a regresar y, sobre todo, en aquellas que algún día pasarán por alguna situación similar y me doy cuenta- con muchísimo pesar- de que no es solo pensar en algunas cuantas, sino en miles... únicamente en mi país.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Fui a casa de mi abuela y, al entrar, me convertí en una niña de 8 años otra vez: 

Se escuchaban los pasos apresurados de mis primos, bajando las escaleras a toda velocidad para ver quién ganaría las retas de este año; Mi tía, en la cocina, preguntando que quién iba a querer más tamales para encender el comal; Mi abuela recibiéndonos con lágrimas en los ojos porque siempre le ganaba la felicidad y la sorpresa de que "ya nos vemos bien grandes".
Toda la casa huele a la cruda de noche buena, a tráiler, al café de olla con canela que siempre estaba hirviendo en la estufa y al perfume de todos y cada uno de los hombres presentes en ese lugar, porque mi abuelo les enseñó a que si no bañaban por lo menos debían oler bien.
Se escucha al perro ladrar, los canarios cantando, mis tíos hablando de béisbol, sus hijas mostrando los regalos que habían recibido y sus esposas poniendo la mesa para poder sentarnos a comer. 
Aún y cuando las paredes han cambiado muchas veces de color, las fotografías se encuentran en el mismo lugar, y las nuevas buscan el espacio que les pertenecerá hasta que ese lugar deje de existir. La mía está en la escalera, aparezco con un vestido azul marino y negro muy formal, agarrada de un pedestal blanco con el ceño fruncido  cubierto por un flequillo tan negro como mis ojos. 
La cantinera, atiborrada de tazas y las manualidades que cada nieto le entregó, incluso está el juego de té que hice con cascarones de huevo cuando iba en preescolar. 
Está la mecedora en la que todos, sin excepción, fuimos arrullados una y otra vez hasta que dejamos de llorar. Donde mi abuela nos pegaba a su regazo con olor a orquídeas o a violetas o a jazmín. La mecedora donde pasaba horas cantándonos y pidiendo que no nos regañaran por haberle roto un vaso o tirado el jabón para trastes o cualquier otra travesura, con la excusa de que "éramos niños" y no sabíamos que estaba mal. 
Recuerdo sentarme en tus piernas y acurrucarme en tu pecho, llenarme de tu olor a talco, acariciarte la piel "suavecita y arrugadita", y sentir que no había pasado el tiempo desde la última vez que te visitamos. Agarrarte la oreja y meterme el pulgar a la boca porque solo así podía dormir, y tú riéndote de mí porque en invierno siempre me salía un callo con tanta humedad.
La tele estaba encendida, como siempre, puesta en el canal para niños por si nos cansábamos de jugar y nos daban ganas de sentarnos en el sillón. Nunca pasaba. Como el tiempo.
No importaba cuántos más fueramos ni la edad que acabáramos de cumplir, la dinámica siempre era igual. Siempre había un nieto al qué arrullar, un niño a quién cuidar, una niña a quién calmar. 

Pero nuestro mundo ya no se encuentra contenido en esa casa, y nosotros sí cambiamos. 
Las navidades dejaron de oler así. Cada vez son menos los que te visitan. A los bisnietos ya no los conoces. Yo ya no tengo ocho años y, desde hace mucho tiempo, dejé de sentirme segura ahí. 
Quizá suene triste pero a veces es mejor guardar cosas en la memoria a forzarnos a revivir cosas que ya no son. 

miércoles, 10 de octubre de 2018

Una casa nueva.

Esta semana me mudé de casa. Empaqué mis cosas con más conciencia de la que me gustaría.
Separé la ropa en 4 tandas: la que usaba a diario, la que ya por ninguna razón volvería a ponerme, la que ya no me gustaba pero podría vender o regalar y aquella que había sido arrancada de mi cuerpo por tus manos.
Uno a uno fui guardando, en cajas, mis libros. Aquellos que abrías en la noche y me leías al pie de la cama cuando no podía dormir, los que me hicieron reír mucho porque me recordaban a ti y sobre todo esos que nunca te animaste a leer; encontré una nota a manera de separador. Un papel arrugado, despintado y maldito, que anuncia en medio de trazos chuecos y faltas de ortografía: "Te amo, como los italianos al sushi o las abejas a la miel. Te amo como los niños al chocolate o como los árboles al agua". Y lloré mucho. Por ti, por mí, por el "I love you honey" que ya no me dirías y porque ni a los italianos les gusta el suhi así como yo no te gusto a ti.

Metí en una bolsa todos mis zapatos, esos que son tan ajenos a nuestras caminatas nocturnas y a los lugares que solíamos visitar. Empaqué los peluches, las fotografías, las bolsas, los medicamentos, mi guitarra, los controles del Xbox, las sábanas que tantas veces ensuciamos, mi crema para peinar, el suavizante de telas, un esmalte rojo y mis ganas de que regresarás.

Tú me amabas "como las abejas a la miel" y yo amaba escucharte llamarme "honey"como si de Pulp Fiction se tratara. Me amabas "como los niños al chocolate" y yo amaba que llegaras con un Kit Kat porque era lo único que podías hacer por mí cuando estaba en medio de mi síndrome premenstrual. Me amabas como los árboles al agua, pero de lágrimas no se nutre a la tierra y mucho menos se hace crecer a un árbol. 

Entré a la que sería mi nueva recámara, había solo una cama en el centro y un mueble lleno de las películas que veíamos los domingos, cuando preferíamos encerrarnos toda la tarde y andar en calzones por la casa. El cuarto estaba vacío, nada hablaba de ti, nada te conocía; nada había sido tocado por tus manos suaves y esos largos dedos que tantas veces me hicieron gemir. Como si nunca hubieses formado parte de mis rutinas, como si no fueras más que un producto de mi imaginación, como si te hubiera inventado en uno de esos tantos días en que me sentía sola. "El cuarto estaba vacío", en realidad no lo estaba. Había una cama y un mueble lleno de películas, estaban las cajas y las bolsas donde empaqué mis cosas, y por supuesto, también estaba yo. El cuarto no estaba vacío, era yo que estaba sin ti.

"Tú me amabas", he ahí la razón de mi llanto. No eran los italianos o el sushi, ni la miel o el chocolate, tampoco los niños ni los árboles; no eran los recuerdos. Definitivamente no son los recuerdos que guardo de ti. No eres tú. No es la casa nueva. No es la recámara vacía y ni siquiera soy yo sin ti. Es el pasado. Es ese maldito "tiempo que ya sucedió en una línea cronológica, que ha quedado atrás". Es "aquello que aconteció al período en cuestión". Es el hecho de que "tú me amabas", pero ahora ya no.

Esta semana me mudé de casa. Desempaqué mis cosas con más conciencia de la que me gustaría.
Acomodé mi ropa en 4 tandas: la que usaría a diario, la que regalaría a alguien más, la que estaba pendiente por lavar y aquella que estrenaría en alguna fecha importante.
A falta de un mueble dejé mis libros guardados en las cajas, pero antes saqué los que no había leído cuando no podía dormir, aquellos que aún no habían tenido la oportunidad de hacerme reír y sobre todo esos que me pondrán a llorar por recordarte.
Acomodé mis zapatos para ir a clases, ahora que regresé a estudiar, los que usaré en mis caminatas nocturnas dentro del hospital donde trabajo y las pantunflas ridículamente calientitas con las que andaré por la casa los fines de semana, en calzones, porque no me apetece salir.

Tendí la cama y descubrí que el olor a lavanda me trae tanta paz como cuando por fin te recuestas a reponer la respiración tras un acto sexual, regalé todos mis peluches y mi alergia disminuyó, las fotografías aguardan en una carpeta titulada "para imprimir", cambié de crema para peinar así como de medicamentos, mis uñas siguen siendo rojas pero les agregué un brillo que le da más vida al color y por extraño que parezca no encontré mis ganas de que regresaras. Estaba segura de haberlas puesto en una bolsa azul y por más que he revuelto todo lo que traía no las puedo encontrar.

Cuando entré a la que sería mi nueva recámara, había solo una cama en el centro y un mueble lleno de películas que quizá algún día vuelva a ver. El cuarto estaba casi vacío.
Y digo "casi" porque estaba la cama, el mueble, yo (obviamente) y unas ganas muy grandes de quedarme y comenzar todo otra vez.

lunes, 9 de julio de 2018

Pa´atrás ni pa´agarrar vuelo.


Por primera vez en mucho tiempo no tengo ni puta idea de qué es lo que voy a escribir.
La psicología dice que tengo que enojarme contigo y yo sigo justificándote como si fueras un ser celestial del cual me enamoré, pero es que ¿por qué habría de estar enojada contigo? Porque irte fue una de las mejores decisiones que tomaste en años y, para ser sincera, yo tampoco me hubiera quedado conmigo.

Me toca repartir las rebanadas de este pastel llamado “vida” y voy a empezar por las cosas buenas. Partiendo de que me he pasado la semana entera huyendo para no escribir ese mensaje que no te he de enviar, evitando imaginar esa conversación que definitivamente no tendremos nunca, me siento frente a una pantalla sucia y comienzo a teclear.
Quiero escribirte muchas cosas, desatar todos los nudos que llevo en la garganta y explicarte lo mucho que me dueles todavía, pero bien sabes que yo solo escribo en este blog telarañoso cuando vengo a despedirme y si de algo esto segura es que yo todavía no te quiero sacar de aquí. Me tiemblan las manos y se me acelera el pecho al pensar que cuando termine estas lineas ya no habrá nada más de ti. Aún no estoy lista para soltarte, prefiero seguir siendo la tonta que espera un mensaje diciendo “te extraño, vamos a hablar”, pero mi lado racional tiene la razón y está consciente de que no pasará.

Apareciste justo cuando empezó a llover, todo estaba turbio dentro y fuera de mí. Había perdido mi casa, estaba por comenzar una batalla legal contra el hombre que me mantuvo durante 19 años, perdí mi trabajo por una estupidez y la pareja que tenía estaba a punto de salir corriendo a los brazos de alguien con menos tormenta en su interior, después de haber pasado casi cinco años juntos. Y es que yo no escogí ser así, yo no elegí que mi vida se volviera difícil y tener que enfrentarme a cosas de las que cualquiera saldría corriendo, y te lo advertí justo antes de empezar, cuando aún estábamos a tiempo de evitar lo que ambos sabíamos llegaría a su fin. Siempre te dije que yo era así, terca rejega y obstinada, perfeccionista molesta, de esas que no se rinden fácil y les busca solución a las cosas, de las que les dan la cara a las injusticias y las enfrenta gritando y con mirada férrea. Y a pesar de ello me pediste permiso para entrar y cedí; a tropezones, regañadientes y con la guardia alta te dejé entrar.

Nunca supe cómo, pero al poco tiempo ya estaba en tu sala despeinada y con los ojos hinchados de rabia, contándote cosas que nadie más sabía sobre mí. Empezando por dejar que me vieras llorar al colgar el teléfono y maldecir a un hombre al que no conociste y del que yo nunca me podré librar. Estaba yo a media noche, tirada en el suelo diciéndote que tenía miedo, que estaba cansada de ser fuerte y suplicándote que me dejaras caer una vez, que me abrazaras hasta que me venciera el sueño de tanto llorar y me concedieras el permiso de mostrarme débil frente a un espejo. No tengo idea de cómo, pero de pronto ya me aferraba a tu pecho totalmente desnuda, siendo la persona más pequeña y frágil que he conocido, totalmente a tu merced. De la nada aparecí junto a la mesa suplicándote que no te fueras, que no me dejaras, totalmente nerviosa y fuera de mí porque tenía miedo, porque a pesar de que nunca me cuidaste como quería siempre supiste recordarme lo resiliente que soy.

Recuerdo la primera vez que peleamos, tú te la pasabas platicando con la tipa nueva en el trabajo, y ella te coqueteaba sin pudor ni decencia, pero nosotros ya éramos novios. Y me sentí tan estúpida, enojada, traicionada y tan poco valorada. Porque en mi cabeza así hablabas con todas y yo había sido una de ellas, y lo que me molestaba no era tu actitud sino mi maldita confianza, el haberme abierto un poco con alguien a quien acababa de conocer y que de la nada ya sabía que mi papá me había golpeado, me había quedado sin trabajo y necesitaba dinero para ayudar a mi mamá a mantener a mis hermanos y a mí, sin contar los gastos de la escuela. Esa fue la primera vez que me disculpe contigo, por mi comportamiento “irracional”, mi desconfianza, mi actitud insolente y mis aparentes celos.

 Recuerdo cada una de nuestras peleas, todas iniciadas por mí y los lapsos de crisis existencial en que me sentía amenazada y terminaba haciendo un drama por cualquiera de tus errores. Por no exigirle el sueldo a tu jefe, por no responderle a tu mamá con lo que en verdad pensabas, por no insistir en el trabajo en el que no te daban respuesta, por no preguntarle bien al médico las indicaciones y contraindicaciones de tu tratamiento, por olvidar en tu casa la papelería necesaria para tu inscripción, por no prestarme atención cuando comíamos, por llegar tarde a nuestras citas, por quejarte de tu vida aún y cuando tenías todo lo realmente necesario para salir adelante, por pensar que no valías la pena y que yo en realidad no te merecía.
 Y quizás tenías razón. Yo no merecía que llegarás justo cuando me acaban de romper; no debiste aparecer cuando regresaba a la escuela y decidí invertir mi tiempo y energía en una relación amorosa en lugar de seguir el sueño que siempre tuve desde niña. No debiste aparecer y hacerme elegir entre mi carrera y tú, porque al menos con la carrera yo estaba segura de que si terminaba era mi elección, y así fue. Le dejé para estar contigo. Renuncié a lo que más quise durante toda mi vida para crear una estúpida historia que hoy solo recuerdo con nostalgia y dolor. Estuve pensando mucho en ti y creo que tenías razón.

No te merecía, porque yo siempre había estado segura dentro de mí, siendo yo contra el mundo y nunca me había fallado, porque jamás necesité de alguien y tú menos que nadie debías ser el primero. Porque cuando ya tenía todo planeado tú llegaste a cambiar hasta el último detalle, desde mi día a día hasta el maldito color de cabello que traigo hoy. No te merecía, porque yo siempre fui suficiente, incontrolable, capaz, inteligente, perspicaz, insaciable, fuerte, impaciente, incomprensible y segura de mí, y desde que tú llegaste me convertí en alguien insuficiente, predecible, incapaz, absurda, distraída, conformista, débil, vulnerable, resignada e insegura. Yo no te merecía, nunca debí cargar con tus penas, con tus miedos, con tus inseguridades. Nunca debí darte mi fuerza, mis ganas de salir adelante, mi coraje para afrontar las cosas, porque siempre supe que si lo hacía no lo tendría de vuelta y hoy estoy aquí sin nada.
Yo no merecía que te llevaras todo; no merecía llorar por las noches pensando en cómo le iba a hacer al día siguiente para sacarte una sonrisa y hacer que salieras de la cama a pesar de esa horrible depresión que te pegó durante meses, ni pasar las tardes enteras buscando un trabajo para ti en el que te quedara tiempo para hacer cualquier otra cosa aún y no fuera estar conmigo, no merecía convencerte de que eras capaz de estudiar algo en lo que eras bueno para después lograr dedicarte a lo que realmente te apasionaba.

No merecía dormir 2 horas, levantarme a cocinar algo para los dos, descuidar mi trabajo por hacerte un estúpido regalo lleno de fotografías que seguro se están pudriendo en algún basurero, ni enfrentar a tu familia entera y defenderte cada que me hablaban mal de ti, no merecía pelear con la mía por la misma razón, ni sentirme vacía y que, al querer que me abrazaras, descubrir que tú estabas triste también, para terminar tragándome todo lo que sentía y así poder consolarte. No te merecía roto, lleno de dudas, miedos, viéndome como algo inalcanzable y superior a ti, no te merecía llorando en mi cama a fin de año suplicando que no terminara con la relación y te diera otra oportunidad, ni brindar contigo y tu familia escuchando sus invitaciones a las siguientes fiestas, no merecía haber visto tus películas favoritas y que tú ni siquiera abrieras los libros que te prestaba, ni que al preguntarte cómo estabas me dijeras “bien” y le contaras a alguien más que no sabías ni por dónde seguir, ni que camináramos tomados de las manos mientras le sonreías a alguien más que te escribía por whatsapp.

No merecía que, en nuestro aniversario, en nuestro puto aniversario hablaras con alguien que un día dijiste “te caía súper mal” y con la que corriste tan pronto y me dejaste en la puerta del salón hecha polvo. No merecía tanta hostilidad y reclamos idiotas que ni siquiera son verdad. Ni que me devolvieras las cosas en una bolsa y te retiraras como si aquello fueran solo objetos. No merecía verte en la escuela y que desviaras la mirada como si no me conocieras, como si no hubiéramos pasado noches enteras desnudos hablando de lo que haríamos en el futuro y creando un montón de historias que jamás se habrán de cumplir. No merecía que te fueras con alguien que no es mejor que yo, que cumplieras todos nuestros planes junto a ella y la llevaras a los mismos lugares que a mí. No te merecía, no te merezco.


 No te merecía, no te merezco. Tenías toda la razón.
Y a pesar de todo no imaginas cuánto te agradezco la oportunidad, la ayuda y los malestares porque después de eso me descubrí capaz, fuerte e invencible de una forma que ya no parte del coraje o el orgullo, sino de la comprensión y el amor. Hoy me puedo abrazar cuando me duele, y me dejo llorar cuando estoy triste, me descubro riendo a solas y me digo lo bonita que me veo frente al espejo. Gracias a ti descubrí quienes son mis verdaderos amigos, la forma en la que me apoyan y lo que están dispuestos a hacer por mí. Descubrí que hay muchas cosas que me gustan más que ir al cine o tomar café en un Starbucks, que la comida me queda rica, aunque solo cocine para mí y que no está mal si lo hago en un comedor con 5 sillas vacías a mi alrededor.

Te agradezco, por tanto, agradezco tanto no merecerte y que no estés. Que te hayas ido de esa forma tan nefasta, que me hayas roto como nunca, que hayas traicionado mi confianza, que no valoraras todo el tiempo que te dediqué y las cosas que hice por ti, que olvidaras todos los buenos momentos que pasamos y borraras las fotos que pudieran recordártelos, que me hayas sacado de un día para otro y fingieras no saber si me amabas o no. Yo te amo, aún lo hago a pesar de todo. Y no lo merezco, no merezco amarte así, preocuparme por ti, pensar en si te hiciste o no la cirugía, en cómo están tus abuelos, en si has sacado a pasear a tu perro o si pasaste todas tus materias en primera oportunidad. No merezco querer saberte bien y contarte las cosas maravillosa que me han pasado desde que te fuiste, no merezco querer mostrarte todo lo que he aprendido de mí y de los demás, los lugares que he visitado y la gente que conocí. No merezco este amor, no merezco que sigas aquí.

Por eso es que hoy te dejo ir, no desde el orgullo como lo intenté hacer el primer mes, no desde la tristeza como en el segundo, no desde la resignación como el tercero, no desde el miedo como en el cuarto y mucho menos desde la culpabilidad como el mes anterior.
Hoy te voy a soltar desde el amor que siento por ti y que no merezco. Te dejo ir desde lo más hondo de mi ser que desea que estés bien, que te vaya bien, que tu vida mejore, que hayas aprendido a defenderte tal como te intenté enseñar y un poco mejor, que con quien sea que estés te cuide tanto y mejor de lo que yo hice, que te abracen cuando lo necesites y sobre todo que te merezcan. Desde el fondo deseo que estés con alguien que te merezca con todo y tus defectos, porque yo no lo fui y a pesar de que aún desearía volverlo a intentar cada vez me doy cuenta de que tenías razón y yo no soy esa persona. Porque me estoy construyendo desde las ruinas y si antes parecía estar muy en alto y ser “inalcanzable” para alguien como tú ahora estaré sobre las nubes y ya no es tiempo de que voltee mi mirada hacia abajo y mucho menos sobre mi hombro, porque según el dicho “Pa´ atrás ni pa´ agarrar vuelo¨ y yo ya empecé a volar. 

miércoles, 13 de junio de 2018

Hoy me regalé flores.


Desperté por la mañana y me lavé el rostro con un jabón de avena y miel. Bebí un vaso con agua fresca para saciar mi sed. Cepillé mis dientes con ahínco y al terminar me regalé una gran sonrisa fingida frente al espejo, inmediatamente me empecé a reír de verdad por lo absurdo de mi actuación. Coloqué un silla justo al centro de la habitación, acomodé mi cuerpo de manera que se sintiera cómodo y empecé a respirar; lento, profundo, a conciencia. Di gracias a la vida, a la tierra, al universo y a todas aquellas personas que dejaron una marca en mí. Sin juzgar, sin reproches, sin melancolía, únicamente agradeciendo sus enseñanzas.

Salgo a caminar y el Sol me acaricia con ternura, sin quemar, sin lastimarme la piel. Llegan a mis ojos un sinfín de tonalidades verdes que se mecen con parsimonia en los alto de los árboles. Respiro profundo y lleno mis pulmones de un aroma a albahaca y limón. Sonrío. Hoy me siento plena y con ganas de vivir. Atesoro mis emociones y las guardo en la cajita de mi memoria a la que recurro en momentos de caos. Camino por un sendero que no me lleva a ningún lugar pero que siempre me ayuda a encontrarme. Y a lo largo del paseo me olvido de la hora, de las cosas que me faltan por hacer en el día y me libro un poquito de las incomodidades con las que me habré de topar.

Pasa la tarde sin hacer mucho ruido y me encuentro sola en mi cuarto riendo a carcajadas mientras veo una serie, preparando mi comida favorita con el amor con el que se la prepararía a mi pareja. Comiendo a media luz en una mesa con cinco sillas vacías alrededor, pero el alma llena del recuerdo de quienes alguna vez se sentaron ahí. Hay mucho silencio en la casa, poca luz en la habitación y mucha paz en mí. Me doy un baño largo y tendido, le regalo a mi piel el aroma y las propiedades del café, consiento a mi cabello con arándanos y moras, le doy a mi mente un descanso con la música de las olas del mar del último viaje que realicé.

Decido dejarme las ojeras sin cubrir y le regalo un poco de humectante a mi labios, me desenredo con facilidad los nudos del cabello y enseguida se deshacen los de mi garganta. ¿Por qué estoy llorando? Si no me siento triste y hace tiempo que no me enojo en verdad. Se me llena la cara de lágrimas y en lugar de secarlas las dejo caer, quizá llevan mucho tiempo queriendo salir y yo se los impedía. Hoy les doy la libertad que merecen y las dejo correr libremente por mi cuello, sin reclamos, sin miedo, sin cuestionarles su llegada y agradeciendo su partida.

Me visto y dejo que la tela de mi uniforme azul me acaricie la piel. Le regalo una sonrisa auténtica a la mujer de ojos rojos e hinchados que me observa desde el otro lado del espejo. Antes de llegar al trabajo me encuentro con puesto lleno de flores de todos colores, se acerca a mí una mujer y me ofrece los ramos más grandes y llamativos, va repitiéndome la lista de precios y yo la escucho un tanto confundida por toda aquella información, me invita a escoger y los escruto con la mirada. Los hay grandes, con papeles de colores, sencillos con un globo amarrado, y de entre todos elijo un girasol de tamaño no mayor al de mi puño, adornado con unas florecitas blancas que sigo sin saber cómo se llaman. La mujer se acerca y me pregunta si quiero que le escriba alguna leyenda en el papel; “Gracias por todo”, le respondo mientras busco dinero para pagarle.

Hoy me regalé flores y nadie en el trabajo me creyó, insisten en “adivinar” el nombre de la persona que me las dio (como si existiera un código que diga que solo podemos recibir flores cuando vienen de alguien más). Creen fervientemente que fue un hombre (como si las mujeres no nos obsequiáramos flores las unas a las otras) y que tiene que ver con que sea mi cumpleaños o  algo más romántico porque me encuentro sin pareja (como si tener un día más de vida no fuese celebración suficiente). Y yo no me lo puedo creer, no comprendo cómo es que nos llenamos la cabeza de ideas absurdas en las que para sentirnos bien estamos a expensas de los demás.

¿Realmente necesitamos que los demás sepan que salimos a correr, nos preparen nuestra comida favorita, nos acompañen a ver una serie y nos diga que hoy nos vemos guapas? ¿En verdad tengo que usar corrector de ojos para taparme las ojeras, un delineador que marque la forma de mis ojos y un rímel que me haga tener una mirada “misteriosa”? ¿Desde cuándo tiene que ser día de San Valentín o un aniversario de bodas para poder regalar flores, por qué estas tienen qué venir de alguien que no sea yo, preferentemente de un hombre y en plan de amor romántico de pareja? Pero sobre todas las cosas, ¿por qué no puedo ser yo quien me regale flores?

Hoy me regalé flores, un hermoso girasol para ser exactos. Hoy me desperté y le di a mi cuerpo un baño lleno de propiedades naturales que le hagan sentir bien. Hoy me consentí con comida deliciosa y un programa divertido. Hoy salí a caminar sin prisa, sin la lista de pendientes por hacer, sin el celular lleno de notificaciones que muchas de las veces solo anuncian quejas a e inconformidades. Hoy me abracé fuerte mientras lloraba, me dije que todo estaba bien y que saldríamos de esta con muchos más conocimientos. Hoy me agradecí por mis errores, por los fracasos que me dejaron tumbada sin ganas de andar, por las oportunidades que me dí y no resultaron como esperaba, por los recuerdos bonitos que aún tenía guardados, por perdonarme y decidir que aún nos falta mucho por descubrir.

Hoy me regalé flores porque puedo, porque quiero, porque lo merezco. Y aunque la sensación de que alguien más lo reconozca es maravillosa no tiene porqué ser precisamente necesaria. Porque solo yo sé exactamente lo que me ha costado, lo poco o mucho que dolió, el esfuerzo que tuve que hacer y lo que voy cargando en mi espalda. Porque he descubierto que soy mi propio guía, mi sendero, mi acompañante y mi medio de transporte. Y aunque alguien más camine a mi lado nunca sabrá tanto de mí como lo hago yo y es por eso que puedo mostrarle, enseñarle de lo que soy capaz y contarle lo que me gustaría que hicieran por mí.

Hoy me regalé flores, y me agradecí por dejarme ser yo misma; sin prejuicios, sin temores, sin rencor. Hoy me doy gracias por todo y te doy gracias a ti por ayudarme a tocar fondo y darme cuenta de que lo que te estaba ofreciendo no se parecía en nada a lo que soy en realidad.

miércoles, 6 de junio de 2018

Veintitrés.


¿En qué momento pasaron los años tan rápido? Si a penas ayer me encontraba frente a un espejo enorme probándome con desgana un vestido pomposo que usaría una sola vez en mi vida. Si todavía temo caerme de la bicicleta porque le han quitado las llantitas traseras. Si aún me da miedo levantarme en plena madrugada a beber agua. Y ni hablemos de que, al pintar, me sigo saliendo totalmente de la raya.

Todavía recuerdo lo orgullosa que me sentía al mostrarle a mis papás el diploma donde yo era el primer lugar de mi salón, la emoción con la que guardaba mi diente bajo la almohada para que el ratón me lo cambiara por una moneda, la alegría con la que despertaba e iba corriendo hacia el pino para abrir mis regalos de navidad, y la tristeza al ver que mi papá no se podía quedar a mi fiesta de cumpleaños porque tenía que salir de viaje.

¿Cómo es que pasaron 22 años sin que me diera cuenta? Si hace poco estaba dando mi primer beso, temblaba desnuda junto al cuerpo de aquel que sería “el amor de mi vida”, me creía la más rebelde por fumarme un cigarrillo, cantaba a todo pulmón junto a mis amigas en nuestro primer concierto, respondía con inseguridad las preguntas del examen de ingreso a la escuela que me mostraría si estar en un hospital era mi vocación y representaba un escalón hacia el sueño que tuve desde niña, sufría una de las tantas decepciones amorosas que me acompañarían en el camino y que cada vez dolerían más.

Aún me veo en el techo de la casa jugando con el perro y prometiéndole que yo nunca lo iba a abandonar, leyendo a escondidas las novelas que mi mamá guardaba en sus cajones, riendo a carcajadas mientras mis tíos me lanzaban al cielo y mi abuela les gritaba que tuvieran cuidado, sentada atrás de los salones en el descanso mientras comía a solas porque las niñas decían que yo era muy tosca y no jugaban conmigo.
¿Cuándo empecé a crecer? Si llevo el cabello alborotado porque no he aprendido a peinarme, si aún camino por los parques tratando de no pisar las rayas y a penas ayer me hacía cargo de alguien que nunca antes había visto y al irse me daba su bendición y me agradecía por mi ayuda mientras estaba internado, llenaba una solicitud de empleo para después darme cuenta que ese no era el lugar en el que quería estar, revisaba una lista enorme llena de números y suspiraba aliviada al saber que estudiaría la carrera que me convertiría en una doctora de verdad.

No hace mucho que caminaba con el alma destrozada y totalmente consciente de que salir de la jaula no sería fácil pero valdría la pena, titubeaba en mis respuestas al enfrentar a quien sería mi nuevo jefe, aprendía sobre gasometrías arteriales con quien se convertiría en uno de mis mejores amigos, planeaba una fiesta de cumpleaños para alguien que no se quiso quedar junto a mí, abrazaba a un niño al que conocí desde las primeras horas que nació y que después de 2 años sigue en tratamiento y me da grandes lecciones de vida con cada paso que da.

¿Cómo es que me dicen “aún eres joven, te falta mucho por vivir” y yo siento que he muerto y revivido más veces de las que deberían estar permitidas? Y recuerdo cada una de las veces que me arrastré llorando, cansada de seguir adelante, harta de tener que ser fuerte, hastiada de “poder con eso y más”. Recuerdo cada persona que me abrazó llena de lastima, miedo, repulsión, vehemencia, orgullo, envidia, tristeza, emoción, amor, alegría, bondad.
Escucho sus promesas y siento ese nudo en el estómago que surge cuando te das cuenta de que nada fue verdad. Suplico compasión ante un acto que no cometí, pido perdón de rodillas a quien muchas veces lastimé, le doy una cachetada a quien me mantuvo por veinte años, le escupo en la cara al que juró protegerme y se terminó aprovechando de mi estupidez.
Veo los ojos de mis pacientes abiertos de par en par, cerrándose cuando ya no aguantan más, a sus cuerpos rígidos post-mortem, quietos bajo una lámpara que les proporciona calor, llenos de agujas y cables que dicen lo que pasa en su interior, sonriendo con esperanza mientras sus papás empacan sus cosas para regresar a casa, apretando fuerte la mano de sus parejas en señal de que no se irán, pidiendo ayuda con resignación al ver que solos no pueden.

Y después estoy yo, frente al espejo. Llevo el fleco como cuando iba en preescolar pero mi cabello se ha vuelto naranja, mis ojos se ven más grandes gracias a los lentes y reflejan el mismo miedo e intriga con el que veía una película de terror, la misma esperanza con la que soplaba las velitas de mi pastel y le pedía al universo que me diera un hermanito para jugar, la vergüenza que me provocaba lavar mi ropa interior porque me había llegado la menstruación, la certeza con la que les prometía a mis niños del hospital que el medicamento que el tratamiento que les daría no les iba a doler, el orgullo de ver a mis amigas graduándose de su carrera, el valor de ir a contarle a una desconocida todo aquello que ya no quiero guardar, y la misma fuerza con la que le juré a mi mamá que encontraríamos un lugar para vivir.

Soy yo, justo en el centro de la habitación. Con un montón de libros a los lados, el sonido del saxofón golpeando las ventanas, una taza de café de olla y la conciencia plena de que el día está por comenzar. Y aunque me hayan tomado más de veinte años reconocerme, valorarme, quererme y dejarme sentir hoy puedo decir que estoy aprendiendo de mí mucho más de lo que alguna vez imaginé. Tengo más cosas por agradecerme que reproches, comienzo a contabilizar las risas, la paz, los abrazos en lugar de aquellos que me hicieron sufrir.

Sigo siendo la niña que andaba descalza por la casa, que va por la carretera asombrándose con los paisajes a través de las ventanas de un coche y que llora molesta porque una abeja entró y le picó el brazo, la que pregunta qué dice en cada anuncio por que aún no aprende a leer, aquella que junta moras en una botella de agua sin importarle que el uniforme blanco termine manchado. Aquella niña con coletas que frunce el ceño cuando algo no le hace gracia y se llena la cara entera al comerse un elote.

 Sigo siendo la adolescente que pega todos los pósters que viene en las revistas, se tumba en el césped a leer un libro sin pensar en la hora, la que camina más lento por la calle cuando empieza a llover, a la que se le revuelve el estómago cuando el que le gusta la voltea a ver, la que se queja de que su hermana le roba la ropa, va a una fiesta sin saber andar en tacones y se intenta embriagar tomando bebidas con 2% de alcohol.

 Estoy construyendo a la mujer que agradece tanto lo malo como lo bueno, que aprende de sí misma y los demás, que valora su tiempo y lo invierte en su bienestar y el de quienes la acompañan a vivir. Que medita cuando despierta y sale a caminar sin la distracción del celular, la que elije la soya antes que la leche normal, que realiza todo un ritual antes de sentarse a escribir y que abraza con fuerza a los que le demuestran que ahí están justo después de abrazarse a sí misma. No tengo prisa, voy disfrutando mi andar; a fin de cuentas hoy comienzan mis veintitrés, soy joven y tengo toda una vida por delante.

jueves, 10 de mayo de 2018

Yo no tengo la mejor mamá del mundo y eso también es digno de presumirse.




Todavía no nacía y tú ya me estabas protegiendo, me nutrías, me dabas calor y mucha seguridad con cada uno de tus actos. Y aunque estoy segura que, por fuera, morías de miedo, en tu interior no hacías más que fabricarme un edén en el que ninguna fruta estaba prohibida.
Hoy me cuentas, entre risas, las veces que te quedaste dormida alimentándome y terminé empapada de leche, lo desagradable que era cambiarme los pañales, lo tedioso que fue explicarme el por qué de las cosas, lo incómodo que era justificar mi comportamiento cuando molestaba a alguien más, lo molesto que fue leerme cada uno de los anuncios que encontraba por la calle cuando empezaba a aprender, lo triste de todas las veces que te grité y te dije que ya no te quería. Y entre bromas y reclamos descubro todo aquello en lo que fallaste, todos los errores que cometiste y que hoy nos traen hasta aquí. 
Descubro tus fortalezas, tus aprendizajes, tus experiencias y te conviertes en mi ejemplo más grande de resiliencia, y la mayor de las bendiciones aunque no crea en un dios.
No eres perfecta, y es gracias a ello  que sabes tanto y a la vez tan poco. Porque te construyes día con día y me transmites aquellas cosas que debo observar con más atención o a las cuales me tengo que alejar. 
No eres la mejor, ni la peor, ni la más, ni la menos. Eres tú. 
Eres tú adueñándote de ti, forjándote para tus hijos y haciéndonos tuyos a la vez. Y es que no eres la mejor ni la peor porque en el amor no existe eso, el amor solo es. Y tu amor por los demás no tiene comparación alguna. Porque me amas por lo que soy, me amas porque soy; a pesar de mis errores y caídas, de mis críticas negativas y mis arrebatos en ti contra. Tu amor por mí significa dicha, tranquilidad, calidez, oportunidades y no tengo qué pedirlo, tampoco merecerlo porque esa no es tu intención; y a pesar de ello lo agradezco, lo disfruto y lo reclamo como mío porque no hay nadie como tú. 


Y aunque podría escribirte una enciclopedia entera o qué la vida se me vaya hablando de ti y las cosas que me has enseñado prefiero caminar a tu lado, abrazarte y decirte que no quiero que seas mejor que nadie, que a pesar de todo yo siempre preferiré que simplemente seas tú.

domingo, 25 de febrero de 2018

Día 27.


Voy a empezar a escribirte como sólo sabemos hacerlo las personas rotas: Llena de preguntas a las que muy seguramente no les encontraré respuestas.
Hace veintisiete días que decidiste no estar. Y sin embargo han pasado veintisiete días en los que más te he llevado conmigo. Me gustaría saber cómo estás, qué cenaste hoy, si te va bien en la escuela, cuando irás a cortarte el cabello y cómo es que terminé fumando a escondidas en la cocina de mi casa a las cuatro de la mañana escribiendo esta maldita nota en el celular. Por qué no te siento respirar cerca de mi pecho con los pies enredados en los míos bajo la sábana. En qué momento pasé de buscar recetas para cocinarte a perder el apetito y obligarme a comer para no terminar mareada en el camino al trabajo. Cómo es que nuestro plan dominical de no hacer nada y pasarla en la cama escuchando un podcast se canceló de un día para otro. Me estoy mordiendo las manos para no escribirte, intenté borrar tu número para no llamarte y hasta me teñí el cabello para ya no verme al espejo y recordar qué es lo que te gustaba de mí. Pero es que nada de eso funciona. Porque cada palabra me recuerda a ti: recuerdo, abrazo, infierno, epifanía, caricia, futuro, deseo, sonrisa, azul, viaje, despedida, hogar, película, espíritu, pasado, cura, mariposa, dolor...
No hace falta que te diga que te extraño, que me dueles, que te necesito y que no hay día que pase en qué yo no recuerde algo bonito de ti. No hace falta que me humille y te pida perdón. No hace falta que finja fortaleza, conciencia, madurez ni serenidad. No hace falta que acepte mis errores y mucho menos que enfatice los tuyos. No hace falta que te piense, que te llore, que te cante desde lejos y pida a Dios por tu bienestar. Ni hace falta que deseé que te vaya bien y te quieran como mereces. Que encuentre alguien que me dé lo que necesito y mucho menos que crea que algún día te voy a dejar de sentir. Porque lo que a mí me falta eres tú. Y lo que tú buscas no soy yo.
Quiero saber cómo fue que se acabó, en qué momento dejé de importar y qué te da alguien más que yo no haya intentado. Si en mi cabeza aún es Año Nuevo y brindamos con deseos de bonanza para los dos, estamos abrazados en un concierto la canción de un pato que desafina, vamos corriendo por las avenidas empapados por la lluvia al salir del cine, estamos semidesnudos grabándonos diciendo lo que haremos en cinco años, vamos en el coche cantando canciones de Molotov, nos escondemos en las cabinas de un cibercafé para darnos besos de niños, nos rasguñamos la espalda hasta que llega el amanecer, cocinamos pozole a las seis de la mañana y damos vueltas en la rueda de un parque mientras contamos nuestros miedos. En mi memoria apareces con pizza y flores en mi puerta, te escribo un libro con veinte razones para amarte por tu filia al cine, aparece una taza con la cara del principito y pego globos de stormtroopers en tu recámara antes de que llegues. 
Te observo al filo de la butaca cuando comienza Whiplash y me abrazas fuerte cuando Tristeza está a punto de rendirse, le pongo 2 cucharadas de azúcar a tu café y me das de comer en la boca cuando estoy resfriada. En mis recuerdos aún es verano y te burlas porque me da miedo nadar, escogemos un disfraz divertido para utilizar en Halloween y cenamos pan de muerto como si fuese un ritual. Duermes abrazado a mis piernas, me lees un poema a mitad de la noche, cantas una canción cerquita de mi oído, me escribes una carta llena de faltas de ortografía, imprimes la imagen de un pug para que la vea cuando algún cliente me hace enojar, me desenredas el cabello durante una hora entera y me relatas con orgullo tus peores chistes. Y entonces estoy yo, a mitad de la guardia pegando fotografías en un intento de rollo de película antigua, con un pastel en forma de pepino rogando a Dios que el camión no vuelva a chocar, escogiendo unos zapatos que hagan juego con tu mirada, llevándote un café al trabajo antes de irme a clase, abrazándote fuerte cuando todo a tu alrededor parece colapsar, tomando tu mano y jurando que tus abuelos se pondrán bien, sintiéndome orgullosa porque aprobaste el examen y dándote mi fuerza entera para que la prueba médica no defina nuestro futuro. Y es que al final no importa cómo es que te vea, me vea o nos vea. Porque eso quedó atrás. Porque ya te fuiste. Porque no vas a volver. Porque me he quedado sola, en la cocina, fumando a escondidas a las cuatro de la mañana; escribiendo una estúpida nota con preguntas que no podré responder jamás.